viernes, 17 de octubre de 2025

...Y la apoteosis como colofón a este 2025.

Con la resaca emocional de los siete toros matutinos y tras una comida con la que repusimos fuerzas para cerrar este 2025 con los últimos seis restantes vespertinos, volvimos a nuestros escaños para despedir a un maestro. Fernando Robleño dijo adiós. Curtido en mil batallas, Fernando se batió el cobre con lo más duro del campo bravo: Victorinos, Palhas, Adolfos, Murteiras, Cuadris, Oleas, Guardiolas... y en Céret, Vic-Fezensac, el Valle del Terror... una lista que asustaría al mismísimo miedo. Se curtió y triunfó con ellas, pues su historial luce triunfos tan rotundos como por ejemplo dos puertas grandes en Madrid con toros de El Conde de la Maza y Victorino Martín en 2002 o la tarde en solitario ante seis toros de la exigente José Escolar en la citada francesa de Céret en 2012. Seguramente habría disfrutado de más triunfos y más salidas a hombros si no fuera por el mal uso del acero, algo que ha sido una tónica en su carrera. Los fallos con la espada, sobre todo en momentos clave, lastraron la carrera de este bravo torero madrileño.

Comenzó el paseíllo y tras los acordes del himno nacional, la plaza tributó una fortísima ovación a los tres espadas: Morante de la Puebla, Fernando Robleño y Sergio Rodríguez salieron a la segunda raya a agradecer el aplauso de la afición venteña.

Para dejar las emociones para el final empezaré con Sergio. Así que invertiré el orden de la terna. El abulense vistió un blanco y oro pues confirmaba alternativa. Vino a Las Ventas con la vitola de ser el triunfador de la Copa Chenel. Partidarios del muchacho vendrían, no lo dudo, pero era un convidado de piedra ante la que se venía encima: torear con Morante después de su excelso 2025 y más aún con los ecos del festejo de la mañana y con Fernando, que se despedía, equivalía a asumir que estaría en un segundo plano. Mostró sus cartas y lo intentó, pero mucho caso no le hicieron. Su lote no fue un dechado de bravura. Cumplió con decoro intentando demostrar por qué se había merecido esa oportunidad. Pero poco pudo lucirse. Las mansotas embestidas de los dos toros que le tocaron en suerte y un público extasiado con la cabeza en otro sitio por todo lo que había pasado, hizo que la actuación de Sergio en Madrid fuera algo prácticamente secundario.


Con un precioso grana y oro Fernando cumplió su último paseíllo en Madrid: han sido 59 tardes, 12 orejas, 2 puertas grandes y 13 vueltas al ruedo. Lo hizo con una ganadería muy diferente a las anteriormente citadas: Garcigrande. Poco juego dio su primer toro. Soso y noble, permitió a Fernando dejar unas breves pinceladas de su toreo. Y cerró su impecable trayectoria con un toro que fue de los mejores de la tarde. En quinto lugar salió Tropical con el que el de San Fernando de Henares brindó un toreo relajado y clásico. El toro fue bravo y Fernando lo exprimió. No se cansó de embestir. Acostumbrado a la batalla, pudo mostrar su toreo más artístico. Se lució en un manojo de verónicas rubricado con una gran media verónica. También se gustó en un magnífico quite por chicuelinas muy ceñidas y de mano baja. Madrid aplaudió con fuerza. Tras el brindis, en la faena hubo gusto y torería. Los momentos más álgidos vinieron con la mano diestra. Con las zapatillas asentadas y erguida la figura, las series de muletazos que dio a Tropical tuvieron mucho fuste. Robleño sacó su mejor versión y un último triunfo se podía avecinar... pero volvió a pinchar. Cortó una oreja y dio una clamorosa vuelta al ruedo. La emotiva vuelta tuvo como epílogo el corte de coleta. Sus hijos, que estaban en una barrera, saltaron al ruedo para cortar la castañeta a su padre. Maestro en lides, con Madrid como base de sus temporadas, gladiador con los toros más ásperos, conocedor de todos los encastes... así acabó la carrera de un torero honrado. Gracias por tanto, Maestro.



Morante vistió un lila y oro. Si por la mañana homenajeó a Chenel de diferentes formas, esa tarde le volvió a recordar con ese lila que tantas veces lució el maestro Antoñete. Actuó como padrino de Sergio, por lo que el de La Puebla toreó en segundo y cuarto lugar. Ni fu ni fa en su primero. Le cantaron todo, le jalearon todo y dio un mitin con la espada. Su primer Garcigrande fue un toro destartalado y grandote. De imposible comportamiento. José Antonio abrevió y fue silenciado. Salió Tripulante en cuarto lugar con el que el sevillano necesitaba dirimirse. Recibió al toro con un soberbio ramillete de lances de capote y en uno de los compases de la lidia sufrió una voltereta que le dejó muy dolorido. La caída fue pavorosa. Los gestos de dolor eran evidentes y José Antonio aguantó unos minutos en el callejón hasta reponerse. La plaza estalló cuando cogió el capote para volver al ruedo. Se repuso y pegó otro manojo de lances con los que la gente se puso en pie. A pesar de la voltereta, el sevillano se sobrepuso y realizó un trasteo sólido, rotundo y muy torero por el lado diestro, cosa que no pasó con la izquierda. Con extremo ajuste, como ya hiciera con el capote y por eso recibió el fuerte porrazo, se pasó al toro por la barriga en un palmo de terreno y ligó con buen trazo varias series de derechazos. Dicen que no es valiente, pero Morante se ha pasado al toro a unas distancias que hace tiempo que no vemos en otros muchos matadores. Por el contrario, como ya queda dicho unas líneas antes, con la otra mano la faena bajó mucho. Algún que otro enganchón, pases sin enjundia alguna a un animal que por ese lado no rompió a embestir... Sin ningún fundamento lo que ocurrió con la mano zurda, la obra quedó pobre, inacabada. A pesar de ello, surgieron una vez más torerísimos remates como los trincherazos, algún que otro pase de pecho o la graciosa serpentina. Quedaba finalizar, escribir un epílogo que quedase en la memoria. Morante acabó con Tripulante con un excelso volapié. Magistral. El toro rodó sin puntilla y presto el presidente ante la petición de un público totalmente embelesado concedió las dos orejas.


Tras la vuelta al ruedo Morante se dirigió al centro del mismo para cumplimentar tanto al palco como a la afición antes de meterse en el callejón para dejar a Fernando seguir el festejo con el quinto toro. Pero de repente y tras el saludo... Se llevó las manos a la nuca para quitarse la coleta. Las Ventas pasó de la más atronadora ovación a un silencio sepulcral. La plaza enmudeció. - ¡No puede ser!, decían unos. - ¿¡No será verdad!? se lamentaban otros... ¡SE VA! ¡MORANTE DEJA DE TOREAR! Con lágrimas en los ojos, Morante cruzó la arena de regreso al callejón. No solo las suyas, pues más de uno no aguantó la emoción del momento. Tras su excelsa temporada Morante ponía punto final a una trayectoria soberbia. Con altibajos, con momentos que son páginas de oro en la historia del toreo, con faenas absolutamente maravillosas, con tardes de bronca despedido a almohadillazos. Una trayectoria marcada por el cénit de Sevilla cuando cortó el rabo en 2023. Desempolvó suertes del toreo que no eran conocidas ni por muchísimos matadores, cuando ponía banderillas lo hacía con gracia y majeza, sus vestidos marcaban diferencia con los del resto; durante la dramática pandemia toreó cien tardes para sacar adelante la difícil situación, su carrera estuvo marcada por sus enfermedades mentales... Morante ha sido diferente. Por distintos motivos se fue varias veces y volvió otras tantas, pero esta ocasión más explicita no podía ser. En su mejor momento artístico. Además por la puerta grande de la catedral del toreo. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más puede conseguir? Con corte de coleta y sobre todo sin anunciarlo a nadie. Así, de sopetón. Como deben ser las grandes despedidas. Mucho más torero. Mil veces más emotivo. Sin anunciarlo previamente para rascar contratos como muchas veces se ve. Por edad como trayectoria muchos sabíamos que era cuestión de tiempo. Pero no así de repentina. Se fueron Enrique y Julián, y Morante ha sido el siguiente en dejar hueco a los que vienen detrás. La afición lloró y más de un empresario se tendrá que devanar la cabeza pensando cómo ocupar su hueco a la hora de confeccionar las ferias el año que viene. El vacío es inmenso. Así son los genios: únicos, diferentes. 





El toreo obsequió a Fernando cerrar el círculo. Morante le dio la alternativa una veraniega tarde de hace 25 años en Torrejón de Ardoz y Morante le acompañó en su despedida. Y no sólo eso, pues se fue con él. El ahijado fue llevado a hombros por sus partidarios por el patio de caballos y el padrino por la puerta grande. Fue una puerta grande apoteósica. Pero dura y exigente. Le vapulearon y zarandearon. La muchachada se abalanzó sobre él para arrancarle el traje. Primero saltaron al ruedo cuando aún Sergio estaba esperando a que las mulas se llevaran al sexto toro. Les daba igual. Se acercaban al callejón cuando aún los mozos de espadas recogían capotes y muletas. Cuando los banderilleros se despedían unos de otros. Les daba igual que Sergio no se despidiera del presidente o tuviera que abrirse camino entre una imberbe muchachada. Los más fervientes seguidores en otras épocas del toreo arrancaban las moritas que adornan las hombreras del vestido. O, si acaso, los machos. Ahora no, ahora hay que descuartizar el vestido: arrancar los alamares, las hombreras; hay que hacer lo que sea por un recuerdo de seda y oro. Esplá en 2009, Talavante en 2013, Perera en 2014... y ahora, Morante. Puertas grandes recordadas por el salvajismo de muchos indeseables. Añado que no creo que haya algo más bello que una puerta grande nocturna. Los destellos de los fotógrafos iluminaban la comitiva hasta que llegaba a la furgoneta. Ahora un mar de móviles iluminando con el "flash" rodea al torero quitando el embrujo de una triunfal salida cuando ya ha anochecido. Y para poner la guinda a una noche tan antológica, algún impresentable majadero del Ministerio del Interior ordenó desplegar a la UIP para impedir que Morante fuera llevado a hombros al Wellington por Manuel Becerra como intentó suceder el pasado san Isidro. Cuando a lo sumo en una corrida de toros hay un par de coches de la Policía como cualquier evento público, esa noche se contaron (cosa antes jamás vista) hasta cinco o seis furgones tras acabar el festejo precedidos por una muralla de antidisturbios dispuestos a zurrar sin piedad al que primero pisare el asfalto. Como si fuéramos delincuentes. Asqueroso, repugnante. Nos pudimos resarcir y fuimos a Velázquez. No queríamos irnos sin darle un último adiós, un último agradecimiento a un torero único, genial y absolutamente irrepetible. Con un carril cortado por la Policía, un grupo de aficionados, con la melancolía de tan triste noticia nos reunimos en los aledaños del hotel Wellington para sacar a José Antonio al balcón de su habitación y dedicarle una despedida más: el salió, y tras besar la bandera nacional, con un gesto emocionado movió el brazo para decir adiós por última vez. Gracias por tanto; lo bueno y lo malo. Gracias José Antonio. 




No solo Morante y Robleño se despidieron del toreo. Alguien más dijo adiós. En silencio y sin celebraciones, se fue Florencio Fernández Castillo, que si ese nombre no le suena, seguro que si digo "Florito", sí. Con sus aciertos y fallos, ha sido pilar clave en los corrales de Madrid desde que entró, de la mano de Chopera, en 1986. En la trastienda de la plaza, se le veía tímido, prudente, sin darse coba y siempre rodeado de su equipo las mañanas de apartado. Toda una vida como máximo responsable de lo bueyes de Madrid. Pericia, paciencia, conocimiento... Un deleite verle manejar los bueyes. De no ser por él, muchas tardes de varios sobreros habrían sido más largas. Los bueyes hablaban por él. A ellos les daba protagonismo. Siempre alejado de los focos. Siempre discreto, en segunda fila. Nunca alardeó, nunca quiso destacar. Se va un personaje clave en la historia de Madrid de las últimas cuatro décadas. Una vida entera entregada al toro bravo. Deja su cargo como responsable de los corrales de Madrid aunque seguirá ligado el toro bravo. Su hijo toma el relevo. No creo que el pupilo pueda tener mejor maestro. El listón está altísimo.



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martes, 14 de octubre de 2025

Una jornada de ensueño: tres lecciones magistrales...

 Trece toros, cuatro salidas a hombros, faenas de cante grande, tres viejas glorias reverdecieron laureles, dos despedidas y una sorpresa que ha dejado helada a toda la afición. Así se podría resumir fugazmente una jornada absolutamente apasionante. Lo que vivimos el 12 de octubre de 2025 en la plaza de Las Ventas fue indescriptible. 

Por la mañana se celebró un festival para sufragar los gastos de una estatua que se levantó en honor de Antoñete que el día antes fue inaugurada en la explanada de la plaza. Hermoso de Mendoza, Curro Vázquez, Carlos Escolar "Frascuelo", César Rincón, Enrique Ponce y Olga Casado fueron los que acompañaron a Morante de la Puebla como alma máter de este festival. 

Los festivales siempre fueron la oportunidad de ver a las figuras retiradas, donde éstas actuaban para deleite de la afición y sobre todo para dejarse ver por aquellos, que por edad, no tuvieron la fortuna de verles cuando estaban en plenitud. Desde hace un tiempo los festivales los ocupan las figuras del momento y salvo alguna ínfima excepción, ya no se ven a los grandes maestros de años pasados.

Inauguró esta maratoniana jornada torera el caballero estellés. Quiso pero no pudo. Un novillo soso y de poca fuerza de Niño de la Capea condicionó la faena. Pablo intentó sacar agua de un pozo seco. El momento álgido de la faena fueron las "hermosinas", que él mismo inventó y consiste en que el caballo va haciendo quiebros al toro mientras éste le persigue a la grupa. Por el mal uso del rejón, saludó una ovación.


Los tres siguientes capítulos fueron una enseñanza de torería, de raza, de valor, de conocimientos... Cada uno de los siguientes maestros sacaron a relucir aquello que les hizo destacar en sus épocas de máximo esplendor. Empezaremos con Curro Vázquez, que a sus 74 años nos hizo viajar en el tiempo. Volvimos a los 80. El rubio torero de Linares, como era conocido este jiennense, nos hizo emocionar. Rugió Madrid. Curro huele a torero. Sus andares, sus gestos, su manera de ir y salir de la cara del animal... ¡Qué tomen nota los aspirantes a matador! Con el capote pegó una excelsa verónica que caldeó el ambiente y cerró con la media (abajo en la foto) que puso Madrid en pie. La faena de muleta fue compendio de pureza, empaque y clasicismo. Para el recuerdo quedarán los ayudados a media altura y los pases de trinchera. Entró a matar como si fuera un novillero en un certamen. Fue una soberbia y bellísima demostración de cómo cortar dos orejas en Madrid sin necesidad de infinidad de pases insustanciales: un puñado de muletazos rezumando magisterio más un monumental espadazo, fueron la receta para emocionar a 24.000 personas. No se dejó nada en el tintero. Curro de Madrid paseó, feliz y pletórico, las dos orejas.


El siguiente maestro en explicar la lección fue Frascuelo. Vino en sustitución de Julio Aparicio. A sus 77 años, Frascuelo puede gozar del privilegio de ser el torero más veterano que ha pisado la arena madrileña. Le tocó un novillo áspero y difícil, que en algún que otro apuro le hizo pasar, aún así vino este matador con la gallardía y ardor de un principiante. A base de raza y amor propio, pudo pegar al exigente novillos muletazos con su personal concepto del toreo. Un maestro es alguien ducho en un arte; experto y experimentado. Demostró su sapiencia torera y a pesar de las complicaciones, Carlos bregó con mucha torería las bruscotas embestidas del novillo salmantino y dio una clamorosa vuelta al ruedo. 


Yo creo que a sus 60 años César Rincón vino con la misma, o incluso más ilusión que cuando empezó su ascensión a la cumbre del toreo cuando cumplió su primer contrato en San Isidro del 91. Así toreó con el capote. Con sesenta años volvió a demostrar por qué los aficionados más mayores le recuerdan con pasión. ¡Qué belleza es ver galopar un animal bravo! ¡Qué emoción da ver a un torero citar a un animal a cuarenta metros y torearlo con ese ajuste y esa entrega! Sinceramente no sé que es más significativo de contar: ver cómo Rincón fue César del toreo una vez más y rindiera a sus pies su plaza de Las Ventas o ver a toda esa muchachada imberbe de 3º de la E.S.O. en las gradas de sol absolutamente ojiplática intentando asimilar lo que había ocurrido en el ruedo en esa primera mitad del festejo... Unos alucinaban con la excelsa torería de Curro; otros, intrigados en por qué el incombustible maestro Frascuelo recibía ese inmenso cariño por parte de los aficionados más veteranos y, otros con cómo Rincón templaba las embestidas de un animal que venía galopando a 40 metros de distancia. Fue un total deleite. Tres lecciones de maestros que vivieron una época en la que ninguno se parecía a otro. Ni querían. Cada uno tenía sus armas y su personalidad. Y la abundancia de encastes y ganaderías reforzaba que cada torero fuera diferente al resto. Ahora todos usan los mismos quites, hacen los mismos gestos, empiezan y cierran las faenas de la misma manera... Y les da igual. ¡Que tomen nota! Pero todos son admiradores de Morante... 

La plaza era un clamor. Ni de lejos los olés más rotundos que habré podido oír a lo largo de estos años se parecen a los que escuché en este festival en los tres primeros toros. Las Ventas retumbó. Se tiró con todo para acabar la obra y César vio su labor premiada con dos orejas. 



Y... ¿Qué decir de Enrique Ponce? Consumado maestro, el levantino cortó una oreja a un novillo noble y de buen juego. Preciso en alturas, terrenos y distancias, Enrique exprimió al animal en los terrenos del tendido 6 y desplegó su tauromaquia una vez más en el ruedo de Madrid desde que se despidiera de esta plaza en octubre de 2024. Parecía que estaba en el salón de su casa, o en un tentadero. Suavidad y vuelos de las telas. Una faena exquisita. Un pinchazo previo a la estocada quizá castigó a Ponce sin el segundo trofeo. 


Mientras todos los actuantes se enfrentaron a novillos de Garcigrande, Morante, que siempre busca el sello de la distinción, quiso ir más allá y rizó el rizo homenajeando a Antoñete con un novillo de aquella ganadería con la que Antonio hizo historia en aquel San Isidro de 1966: Osborne. La llamada "faena del toro blanco" unió para siempre a Chenel y Atrevido. Y para más inri, quiso que fuera también un toro blanco para recordar aquel momento de hace ya 59 años. Y salió en 6º lugar Presumido, un precioso novillo ensabanado, alunarado, capirote y botinero que dio poco juego. Morante se abrió de capa y Madrid clamó. El novillo duró lo que duró pero fue más que suficiente para ver torear a José Antonio. Fue un trasteo de chispazos de muchísima calidad. Rubricó la faena con una estocada y el sevillano cortó una oreja. 

Cerró la mañana Olga Casado. Ni en sus mejores sueños pensó que compartiría paseíllo junto a leyendas de la talla de Frascuelo, Rincón y Curro. No sé si tomó nota o no de lo que presenció. Ella es la alumna y recibir en el mismo aula las lecciones, ya no solo de ellos si no también de Enrique y José Antonio, es un regalo que jamás olvidará. La inexperiencia de alguien que empieza se nota, pero con el rodaje de una temporada en la que ha podido torear un buen puñado de corridas, cumplió la papeleta; toreó con gusto a un buen novillo de Garcigrande y cortó las dos orejas.



Muchos se fueron porque el reloj marcaba la hora de comer, y los que nos quedamos seguíamos extasiados y pensando en cómo Curro, Carlos y César nos habían hecho disfrutar. Había que despedir a estos torerazos, había que agradecer a Morante implicarse en un festival histórico. Olga pudo disfrutar de su primer triunfo en Madrid.


Curro, César y Olga salieron por la puerta grande. Acabó una mañana de ensueño, pero aún quedaba la apoteosis...




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miércoles, 1 de octubre de 2025

Adiós, Fernando.

Se va en silencio. Ha dicho que se retira pero ni aún así le han dado una gira de despedida por toda España como han hecho con otros muchos cuando dieron tal noticia. No, se va un torero de los pies a la cabeza. Fernando Robleño dice adiós y lo hará en su plaza de Madrid. La que tanto le dio. Fernando se ha batido el cobre lo más áspero y exigente del campo bravo. Su hoja de servicios es impecable: Adolfos, Victorinos, Cuadris, Ibanes, Saltillo, Palhas, Conde de la Corte, Dolores, Hernández Plá, Cebadas, Murteiras, Valdellán, Isaías y Tulio Vázquez, Hoyo de la Gitana, Guardiola, Moreno de la Cova, Mondoñedo... Y no solo en la Villa y Corte, sino también en un sinfín de plazas donde la batalla se valora y se recuerda: Cenicientos, Céret, Vic, Pamplona, Alés, Mont de Marsan... Una lista terrorífica, una lista que asustaría al mismísimo miedo.

Curtido en mil batallas, Fernando goza el cariño de la afición de Madrid. El aficionado que va con frecuencia y sigue la temporada, en especial a los toreros que no copan ferias ni carteles de postín, conoce las historia y trayectoria de muchísimos toreros, Fernando es uno de ellos. Nunca se echó atrás. Una carrera marcada por las corridas más duras. Las que muchos rechazan. Robleño nunca rechazó enfrentarse a ellos. Una carrera en la que la espada acortó contratos y estadísticas. Este madrileño de San Fernando de Henares fue uno de los alumnos más destacados de su generación. Y lo demostró en sus inicios. Los triunfos le acompañaron,  pero sin espada, no coronó ni de consolidó en el escalafón. El acero lastró su carrera. 

Repasando sus estadísticas veremos que en Madrid, desde que confirmó la alternativa en julio de 2001 y cortó su primera oreja a un toro de Valverde, ha toreado 58 veces, ha cortado 11 orejas y ha salido a hombros de la afición en dos ocasiones: la primera el 21 de abril de 2002, con toros del Conde de la Maza y con el Niño de la Taurina e Iván Vicente como testigos. La segunda llegó unos meses después. Ese mismo otoño, concretamente el 13 de octubre, ante los siempre difíciles toros de Victorino Martín, compartiendo cartel con Luis Francisco Esplá y José Ignacio Ramos, las dos orejas le cortó al que cerraba la tarde: "Molesto". Apenas dos años después de tomar la alternativa, esta joven promesa de la escuela de tauromaquia de Madrid "Marcial Lalanda", conseguía abrir la puerta grande de Las Ventas dos veces en la misma temporada y estar en boca de aficionados y empresarios. Madrid fue la plaza que siempre le apoyó. Otra plaza que ha sido crucial en su trayectoria ha sido Céret. Francia ha sido clave para el torero de San Fernando de Henares. Si hay una tarde que pasó a la historia sucedió en el verano de 2012. Fernando se puso a disposición de la comisión, ya que Céret no es gestionada por una empresa sino por los aficionados para que ellos decidieran el cartel: el resultado fue una tarde en solitario ante seis toros de José Escolar. Cuatro orejas y una rotunda puerta grande. Fernando se ratificó como un maestro una tarde que fue de máxima exigencia. Sus últimos bailes en Madrid nadie los olvida: uno fue de guerra y el otro, del mejor toreo: Navarro, de Valdellan sacó su lado lidiador y su sapiencia torera le hizo salir airoso ante ese bravísimo animal de la ganadería leonesa. Después de la pandemia, un mes de septiembre, Robleño hizo retumbar Madrid. Camionero embistió con boyantía y nobleza. Fue una faena de suavidad y vuelos de la muleta. Fernando toreó a placer. Dos orejas contundentes que la espada se llevó. Este doce de octubre Morante de la Puebla le acompañará en su Adiós. 

Se retira con apenas medio millar de festejos toreados. A veces por injusticias de los empresarios y a veces por no conseguir ratificar los triunfos que le avalaban, la carrera de Fernando ha sido larga en el tiempo pero escasa de datos numéricos. Eso no importa. Robleño se va tranquilo, con la cabeza muy alta, con el cariño de la afición y un currícula inmaculado. Ahora ese magisterio y esa experiencia que le hizo superar cualquier adversidad ante cualquier toro que saliera por toriles, lo transmitirá a los alumnos de la escuela taurina de Madrid. Los alumnos tienen un referente absolutamente excepcional. Ojalá salga una generación que sepan lidiar, que sepan salirse con un toro a los medios, o que macheteen de pitón a pitón a un toro que no embiste a la muleta. Ojalá una generación de novilleros que sepan capear las dificultades y no peguen sainetes como últimamente vemos en cuanto un torero que a la mínima dificultad pierde los papeles y naufraga estrepitosamente. 

Mi pequeña despedida y mi agradecimiento: Molesto, Madrugador, Navarro, Camionero... Un largo etcétera de animales que pasaron por la muleta de este bravo torero madrileño. 

Se va un torero honrado. Gracias, Fernando. Adiós, Torero.