"La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda".
José Ortega y Gasset.
Han pasado diez años pero lo recordamos como si fuera ayer. De cómo José María Manzanares rindió Madrid en la Beneficencia de 2016.
Años de pierna retrasada, de ponerse de perfil... Y pitado en muchas ocasiones. A Manzanares poco le importaba. Ser figura permite a uno tomarse muchas licencias. Pero José María se reconcilió con Madrid dando un recital de toreo como dudo que jamás lo haya hecho. Desplegó su tauromaquia poniendo de acuerdo la plaza entera. Y cruzó por segunda vez la puerta grande de Madrid.
Empaque hubo en la faena, y mucho. Toreó con el capote, y con la muleta. Recibió a Dalia con unas verónicas exquisitas. Cargando la pierna y meciendo los brazos con suavidad. Ganando terreno, sometiendo y guiando las embestidas de aquel "Victoriano". Desde el primer contacto entre toro y tela, se vio que Dalia sería un toro de bandera. Un toro de clase excepcional que embistió sin descanso a las telas del alicantino. Tras el puyazo toreó por chicuelinas como hacía su padre: de manos muy bajas. La faena seguía cogiendo altura. La media verónica con la que acabó el quite fue sensacional.
Ya en la muleta vimos unos pases de pecho con la mano diestra como pocas veces se han visto: rotundos, poderosos. José María embarcaba al toro con los vuelos de la muleta y con mucha lentitud le recetó un circular que aún no ha terminado de girar; pasando al toro por debajo de la muleta y barriendo con sus vuelos el lomo del toro de cabeza a rabo. Un pase de pecho de muchísima lentitud. Descomunal. También hubo un trincherazo que puso Madrid en pie. La temperatura empezó a subir con un manojo de derechazos que encandilaron a los abarrotados tendidos. Pero el momento cumbre de esa faena fueron una naturales con las zapatillas asentadas, la cintura encajada y los hombros relajados. Con muchísimo primor bamboleó los vuelos de la muleta y enjarretó a Dalia unos muletazos extraordinarios con la mano zurda. Si años anteriores enfurecía a la plaza por retrasar la pierna de salida, entre otros malos vicios, esta vez hasta dio el pecho y quedándose en el sitio ligaba los muletazos con cadencia y mucha torería.
Manzanares rubricó una faena memorable con una estocada perfecta: en el hoyo de las agujas y hasta la empuñadura. Recibiendo. Una suerte en la que ha sido dominador absoluto. La plaza fue un clamor. La petición fue total y el premio, indiscutible. Ni un solo pito, ni una sola protesta. José María Manzanares toreó a placer y puso en comunión a veinticuatro mil personas. Cortó dos orejas al buen Dalia. Incluso algún conato de rabo también hubo. José María toreó como pocas veces se le recuerda. La elegancia con el capote, la naturalidad con la muleta y la brutal eficacia con el acero. Faena para el recuerdo. Triunfaron el torero y el ganadero. Victoriano una vez más dejó su impronta en la plaza madrileña: Artillero, Cantapájaros, Dakar, Beato, Dalia.... Una lista que crece con los años.
Pero... Todo acabó ahí. ¿Dalia acabó con José María? Desde entonces el alicantino no ha vuelto a ser el mismo. Ni en Madrid ni en otros muchos sitios. Años de decadencia, de andar perdido. En 2019 no estuvo a la altura ante Ruiseñor en Bilbao, un toro del mismo hierro que Dalia. Un toro bravo y fiero con el que el alicantino no supo batallar. Un toro de consagración al que Manzanares no cuajó. Desde la pandemia José María anda como alma en pena. No se le recuerdan tardes rotundas. Ni en Madrid, ni en Sevilla; esa plaza que tanto le ha querido. Ni en esas ni en otras muchas ya fueren lugares importantes o pueblos más modestos. Manzanares sigue toreando al abrigo del apoderado más poderoso que hay. Sin un toro que le complique y le ponga en apuros y sin miedo real a quedarse desbancado por los que llegan, José María seguirá. De aquel Manzanares de los colosales pases de pecho con la mano diestra girando por completo y las soberbias estocadas, poco queda. La mano izquierda ya no vuela la muleta con fluidez y su efectividad con la espada, hace tiempo que desapareció. Hace diez o quince años era impensable ver a Manzanares pinchar un toro. Ahora es costumbre y norma. Yo no sé si Dalia acabó con José Mari pero lo que desde luego es seguro que José Mari está desaparecido. Manzanares, Dalia y Victoriano. Desde entonces no volvió a ser el mismo. Han pasado diez años de la última gran obra de José María Manzanares en Las Ventas.
Pincha aquí para recordar a Dalia y a José María Manzanares.
Se cumplen cuarenta años de su alternativa y treinta de una de sus tardes más memorables. Una tarde protagonizada por uno de los toreros más importantes de finales del XX: José Miguel Arroyo "Joselito". Un torero que siempre luchó contra viento y marea, que nunca se arredró ante nada y ante nadie. Un torero que quiso dar un nuevo golpe en Madrid como el que diera en la Beneficencia tres años antes abriendo la puerta grande. Un día de lluvia y viento, precedido por las trabas y mil complicaciones que surgieron en corrales. Un desfile de camiones cargando y descargando animales como si no hubiera fin. Como si alguien quisiera que saliera mal. En una habitación del hotel Victoria y tras una frugal colación en la cervecería Alemana, se enfundó Joselito un vestido verde y oro porque aunque solo silbaba el viento y en Madrid no dejaba de llover, no perdió la esperanza en que al menos algún toro embistiera. Llegó a Las Ventas y rodeado de sus compañeros de la escuela taurina de Madrid cruzó el ruedo para actuar en solitario ante dos toros de El Torreón, Antonio Ordóñez y otro tantos de Las Ramblas.
La tarde fue in crescendo desde que salió el primer toro. Todo lo que se diga, se quedará corto. ¿Por qué? Porque desgranando en detalle aquel festejo se verá que lo primero que notará el espectador fue la excelsa variedad capotera. La escuela de Madrid, con Martín Arranz al mando formó espartanamente una generación de toreros extraordinarios. El resultado quedó patente: tafalleras, gallosinas, tapatías, navarras, largas, diferentes remates y recortes... Como alumno de aquella institución, José Miguel sacó a relucir todo lo aprendido. No solo con el capote pues con la muleta también realizó serpentinas, capetillinas, el poderoso macheteo al diablo que salió en sexto lugar... Fue una preciosa lección torera. Una fantasía que jamás se ha vuelto a ver.
Tras cinco toros, el cansancio iba haciendo mella pero José aún tenía aliento e ilusión por enfrentarse a lo que saliera por toriles. Y lo que salió... ¡Vaya lo que salió! Lo último a tener en cuenta y resaltar de esta histórica tarde fue que en sexto salió un diablo de Cortijoliva. Algo así como un postre no deseado pero que no puedes evitar. No podía tener un desenlace más épico esta Goyesca de 1996. Manso de solemnidad. Las cuadrillas tragaron quina para bregar con él. Huía de los capotes. Parecía tenerles aversión. Y también del caballo, no se dejó picar. Por lo que siguiendo el reglamento, el ganadero vio con resignación aquella su alimaña castigada merecidamente a banderillas negras. Juan Cubero con el capote y, principalmente José Antonio Carretero con los palos, brillaron en un peliagudo tercio de banderillas. Había que estar con mil ojos. El más mínimo fallo era una sentencia. Hasta Joselito tuvo que salir con su capote y ayudar a sus compañeros y amigos. El toro no quería saber nada de nadie por lo que, arrimarse a él era jugarse el tipo de verdad. Con pericia y muchísima solvencia clavó el gran Carretero un par extraordinario. La ovación que recibió aún resuena en las galerías de la plaza. No se alivió José y tomando la muleta y con un valor inmenso a la par que torería, se dobló el torero de la Guindalera con aquel bicho. Muchos habrían cogido las de Villadiego, pero Joselito hizo un último esfuerzo para rubricar una tarde colosal. Solo cabía lidiar y poder al animal. De modo que el madrileño pegó unos macheteos dignos de ser plasmados en "La Lidia": de pitón a pitón, por arriba... Otra tauromaquia que ya no se ve y que mucha gente desconoce. Y que es fundamental cuando el toro no regala las embestidas. No tenía sentido alargar la faena innecesariamente, ni lo merecía aquel barrabás, José puso punto final a ese feroz combate con una última estocada. Fue otro espadazo sensacional que, incomprensiblemente no fue premiado con una oreja más. Batallar con ese toro demostrando magisterio y ejecutando la enésima perfecta estocada, debería haber sido premiado, quedando finalmente esa contienda en una ovación.
Si hay algo que marcó esta inolvidable corrida fue eso: la espada. Considerado un estoqueador magnífico, José hizo de la suerte suprema una obra de arte. Seis estocadas perfectas que revalorizaron aún más todo lo realizado ese 2 de mayo. Sin fallo alguno, fueron rodando los seis toros sin necesidad de descabello.
Todo fue con torería, solera y gusto. Los andares, los gestos, los cites... Tanto el faenón desmayado al sobrero que salió en segundo lugar de Cortijoliva como la magistral lección al criminal que salió en último lugar también del mismo hierro.
No hay que olvidarse de las cuadrillas. Ya queda dicho que la gran mayoría de los banderilleros fueron contemporáneos de José en la Casa de Campo. Torero y subalternos se conocían desde niños. Aprendieron con los mismos maestros. La lección estaba muy bien aprendida. Todos ellos se curtieron bajo las duras formas del claustro de profesores de aquella época. Ese fue el otro éxito de la Goyesca. Por ende, ese festejo podría ser considerado con tranquilidad un triunfo de la "Escuela Nacional de Tauromaquia".
Apoteósico. Colosal. Estelar. Antológico... Fue un compendio de capote, muleta y de espada. Y podría haberlo sido hasta de banderillas, pues José banderilleó puntualmente en sus primeros años y lo hacía con naturalidad y mucha clase. Lástima que no nos regalase algún que otro par en esa Goyesca.
Oreja, dos orejas, oreja, dos orejas, ovación y ovación. El botín fue soberbio: seis trofeos. ¡A dos se quedó de las ocho que cortó el maestro Paco Camino en 1970! Diez años después de tomar la alternativa y tres de su anterior tarde en solitario, reventó de nuevo los cimientos de Las Ventas. Segunda tarde en solitario en la cátedra del toreo y, de nuevo, salió a hombros por la puerta grande. Ocho orejas en doce toros. Histórico. Imbatible.
La puerta grande fue clamorosa. En loor de multitudes la comitiva cruzó el arco mudéjar llevando en volandas a un madrileño de 27 años que acababa de firmar una glorioso capítulo en la catedral del toreo. Un torero se mentalizó para lo peor y acabó dando un golpe de autoridad en la temporada. Y Telemadrid fue testigo, gracias a ellos la corrida esta documentada. No se puede torear mejor. No se puede gestionar mejor una empresa tan fuerte y exigente como es la de lidiar seis toros. Que esta tarde sirva de lección a los que, desde entonces, lo quieran intentar. Encerronas ha habido muchas y el resultado depende de miles de factores. Pero lo que esté en manos del torero, que no falle, porque detalles muy pequeños pueden ser la diferencia entre una tarde abominable o quedar en el recuerdo de los aficionados. Se cumplen treinta años y desde entonces, encerronas con puerta grande o que al menos queden en el recuerdo se cuentan con los dedos de una mano.
¿Qué más se debe contar? ¿Qué más se debe recordar? Fue una tarde de ensueño. José estaba en un gran momento pero nadie se imaginaba esa demostración del toreo con el capote, nadie se imaginaba que ocurriese todo lo que ocurrió. El viento y la lluvia menguaban, a priori, las esperanzas de que la tarde acabase tan triunfal como así sucedió. Pero Eolo y Zeus decidieron hacer una tregua para que José desplegase su tauromaquia aquel dos de mayo de 1996. Los dioses fueron clementes y en la Plaza de los Vientos, perdón, de Las Ventas, Madrid se soñó el toreo. Como en el patio de su casa se debió sentir Joselito pues su domicilio no se encontraba a muchas calles de ahí. En su barrio, y ante sus amigos de toda la vida, Joselito hizo historia.
Si quiere descubrir el extenso abanico de suertes con el capote, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quiere ver torear, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quiere saber cómo torear una alimaña, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quiere ver seis estocadas, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quiere ver cortar seis orejas en una misma tarde, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quiere ver Las Ventas rendida a un torero, busque vídeos de la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Si quieren ver cómo un torero afronta y gestiona en solitario enfrentarse a seis toros, vean a José Miguel Arroyo "Joselito" en la Goyesca del 2 de mayo de 1996 en Madrid.
Como una imagen vale más que mil palabras, si quiere ver la soberbia lección de tauromaquia que dictó José Miguel Arroyo "Joselito" el segundo día de mayo del año 1996... No busque vídeos, pinche "aquí" y disfrute de una tarde que es un capítulo de oro en la historia del toreo.
Hace diez años en Madrid doce hombres se la jugaron sin trampa ni cartón ante seis toros de Victorino Martín: José Ignacio Uceda Leal, Antonio Ferrera y Alberto Aguilar que, junto a sus cuadrillas, cruzaron el ruedo de Las Ventas finalizado el festejo bajo una lluvia de cojines y los abucheos de un público enfurecido.
Recuerdo una corrida dura, exigente y correosa con la que la terna pasó las de Caín. Seis alimañas que pusieron en no pocos problemas a todos los que se pusieron delante. Entre la bronca final, algunos pocos y en pie, ovacionaron a los once valientes que volvieron al hotel por su propio pie. Tragaron lo que no estaba escrito durante dos horas de tensión y terror. Un encierro que trajo Victorino desde Las Tiesas para medir la capacidad de los que hicieron el paseíllo aquel 6 de junio. Un banderillero, Manolo Rubio acabó en la enfermería al final de la lidia del quinto y Aguilar se hirió con la espada en uno de los compases de la lidia.
Injusta e incomprensiblemente sufrieron la ira del público. Ingrato éste, pues no comprendió la aspereza de esos seis albaserradas. ¿Por qué esas protestas?, ¿por qué medir a unos toreros sin tener en cuenta el animal que tenían delante?, ¿es por querer ver siempre esas faenas modernas en vez de asumir que no a todos los toros se les puede hacer las mismas suertes independientemente de la condición de dicho animal? Cumplieron el examen y fueron cruelmente tratados. Quedará en el recuerdo una tarde en la que la aspereza de su juego y el miedo que infundieron esos seis toros que saltaron al ruedo de Las Ventas pusieron a prueba a tres cuadrillas y que éstas cumplieron con creces a pesar de tener en contra todos los factores. La imagen de Ana Escribano vale más que mil palabras: las cuadrillas unidas ante una plaza que se les echó encima.
No siempre tienen por qué ser los matadores los protagonistas de mis recuerdos. La última vez escribí sobre un gran toro de El Puerto de San Lorenzo. Así que vuelvo a contaros en un nuevo capítulo otro estelar momento que he vivido en la plaza de Las Ventas. En esta ocasión me remonto al año 2013.
Aquel tórrido 1 de junio se lidiaban en Madrid los imponentes Cuadris; ganadería con un largo e importante historial en la capital de España. El cartel lo componían Fernando Robleño, Javier Castaño y el colombiano Luis Bolívar. El gran acontecimiento de esa tarde se vivió en los primeros tercios del lote del salmantino. La cuadrilla de Javier Castaño rayó a gran nivel unos días antes con los toros de Adolfo Martín y se esperaba que algo grande ocurriese de nuevo. Y ocurrió.
Ese día me senté en la solanera y desde mi localidad en el Alto del 6 presencié una de las actuaciones más rotundas que ha podido hacer una cuadrilla al completo en la exigente plaza venteña.
Marco Galán empezó a caldear el ambiente en el tercio de banderillas del segundo toro, de nombre Ebanista con unos capotazos suaves y precisos. Bajaba mucho la mano y exigía al animal obedecer a los toques de sus telas. Dejó al toro perfectamente colocado y entraron en escena David Adalid y Fernando Sánchez. Dos toreros de plata que con estilos diferentes se lucieron al clavar las banderillas. Pureza y clasicismo en la formas, nada de saltos ni maneras deportivas: citar con despaciosidad, ir con torería hacia el animal y salir andando con garbo y chulería de la cara del burel. La abarrotada plaza empezaba a vibrar. Finalizado el tercio, el público obligó a saludar a David y Fernando. Se comenzaba a gestar una tarde absolutamente memorable.
Si en el primer toro del diestro charro levantaron sus banderilleros al público de sus asientos, en el quinto hizo lo propio un gran picador llamado Tito Sandoval. ¿Y qué hizo Tito? Pues torear. ¿Se puede torear encima de un caballo? Sí. Su jefe de filas le indicaba y tras dejar el toro en suerte, comenzó Tito a torear desde la montura. Movía el jaco de un lado a otro y con la voz y la vara se dejaba ver con el fin de que Pilarico se fijase sólo en él. Embistió el toro con prontitud y empujó en el peto en dos encuentros cuyos puyazos fueron sensacionales. Gran ovación mientras se marchaba por el callejón. Pero la cosa no acabó ahí.
De nuevo Marco se encargó de bregar al toro mientras sus compañeros con un par cada uno, se dirigieron al centro del ruedo. Con el ambiente en ebullición que había dejado previamente Sandoval, los hombres de a pie siguieron esa estela. Banderillearon como pocas veces se ve. Fernando Sánchez se lució yendo al toro lentamente y con parsimonia. Citaba acompasando cada paso con el mover de los brazos a la vez que se encaminaba al encuentro con Pilarico. Clavó con gracia y tomó el olivo pues el Cuadri hizo hilo. Adalid se gustó en las formas pero al llegar a la jurisdicción del animal, tropezó la banderilla con otra ya colocada y se cayó. Pidió un último par al presidente y éste lo concedió. Y lo bordó. Madrid era un clamor. Atronadora ovación para la cuadrilla de este salmantino que se lució en uno de los tercios de banderillas más brillantes que se recuerdan. Saludaron la obligada ovación y ante la petición de muchos aficionados y con el consentimiento de su matador dieron la vuelta al ruedo. Hace mucho que no se daba esta situación. Se paró la corrida y antes de que Castaño cogiese muleta y espada dieron una histórica vuelta al anillo. Chaquetas y sombreros en la arena. Al llegar al tendido cuatro y por la puerta de cuadrillas, se unió a ellos el ya mencionado picador.
Las 24.000 almas que llenamos la plaza ese día volvimos pletóricos a casa para comentar uno de los momentos estelares de esa temporada en Madrid: el espectáculo que nos brindaron Tito Sandoval, David Adalid, Marco Galán y Fernando Sánchez. La eficacia de esa cuadrilla sumada a la generosidad de Javier por ceder el protagonismo a sus hombres de plata. Fue absolutamente inolvidable.
Torear en Madrid y cruzar su puerta grande es el sueño de todos los toreros. Empresa difícil pues es algo que no está al alcance de muchos. Son muchos los factores que deben reunirse para poder conseguirlo. Así le sucedió al protagonista de nuestro capítulo de hoy: Juan Bautista. Matador de toros francés que saboreó un triunfo en Las Ventas hace ya quince otoños. Retirado del toreo y actualmente empresario de algunas plazas allende los Pirineos y apoderado, goza del siguiente historial en la Villa y Corte: casi una treintena de tardes en las que consiguió un total de cuatro puertas grandes siendo una de ellas en su presentación de novillero en junio de 1999.
Su tarde más rotunda y es la que hoy nos ocupa fue su primera salida a hombros como matador de toros. Ha llovido, ya que nos vamos a remontar al año 2007. En una fresca tarde otoñal toreó con Miguel Abellán y Miguel Ángel Perera ante un encierro de El Puerto de San Lorenzo.
Hablar de esta ganadería salmantina es hablar de un hierro que es clásico en Las Ventas. Su antigüedad data de abril de 1982. Suele lidiar varios encierros en esta plaza durante una misma temporada y los aficionados más avezados recordarán toros muy importantes. El que hoy quiero desempolvar se llamó Cantinillo.
Cantinillo fue un toro hondo, con mucha caja y muy serio, como es habitual en el encaste Atanasio-Lisardo. Salió en quinto lugar y en los primeros instantes de la lidia acusó las características de esta sangre. Huido y difícil, no se dejó torear con el capote. Los primeros lances de tanteo demostraron los primeros esbozos de la gran clase que atesoraba Cantinillo, pero claro, se requería un torero capaz de conseguir que el animal sacase esas virtudes. Ahí estaba Juan Bautista preparado para tal desafío. Y en los medios del platillo, este torero de Arlés toreó a la verónica y a cada pase el animal metía humillaba y buscaba con tesón los vuelos de la capa. Durante los primeros tercios no ocurrió nada reseñable.
Pero la cosa cambió en el último tercio, vaya si cambió. Una vez que JB cogió muleta y espada, el toro lució su extraordinario comportamiento. Fue a más desde el primer muletazo. Pronto y repetidor, hizo que el francés emocionara a Madrid con su toreo. Lo citaba de largo y cual Talgo, el toro salmantino acudía a las telas del matador. Éste, encajado y asentado en la arena, crujió Madrid con varias tandas por cada pitón. Una de esas tandas con la mano izquierda fue soberbia. Madrid estaba en pie. Aquel animal no se cansaba de embestir. Cada serie de muletazos era rematada con diferentes suertes que el francés realizaba con muchísima personalidad: los pases de trinchera, el desdén, el de la firma... Fue un trasteo breve, muy intenso y lleno de torería. Juan estuvo a la altura de tan gran toro. Templaba y mandaba sometiendo al animal con los vuelos de su muleta.
Lo cuajó, como se dice en el argot. Quedaba el cierre, o sea, rubricar, completar la obra. Si José María Manzanares está catalogado como un soberbio estoqueador y un especialista en la suerte de recibir, Juan era otro cañón con la espada. Sus estocadas eran certeras. Y también era otro matador que la suerte de recibir la realizaba con una sensacional efectividad. Y así cerró el trasteo. Dejó la espada en lo alto y la hundió hasta la roja empuñadura. En cuanto el toro dobló, veinticuatro mil almas flamearon sus pañuelos. La dos orejas fueron rotundas. Por tercera vez en la historia de Las Ventas, un francés cruzó a hombros ese umbral mudéjar tras la que consiguió su paisano Sebastián Castella ese mismo año en el mes de mayo. Y no sólo fue premiado JB. Cantinillo fue despedido con una fortísima ovación mientras era arrastrado por las mulillas. Un toro para el recuerdo junto un bravo francés que supo lidiar con la casta de aquel Lisardo y rellenaron hombre y toro otra página de oro en la historia de Las Ventas.
Una nueva entrega de mis recuerdos en la plaza madrileña. En esta ocasión retrocederemos en el tiempo hasta llegar al año 2006. Uno de los pasajes cenitales de esa temporada tuvo lugar en el mes de mayo. Al hilo de la Corrida Goyesca que tendrá lugar hoy en la capital, esta vez en "Sucedió en Madrid", el protagonista de estas líneas no va a ser un torero sino un toro. Si hubiese que hacer que una lista con los más bravos de los últimos años, éste estaría sin duda en los puestos más altos. Y si hablo de toros bravos y corridas goyescas, los más aficionados sabrán que me refiero a Mulillero, número 11, de 525 kg y nacido en noviembre de 2001. Un extraordinario animal de Adolfo Martín. Su matador fue el madrileño Luis Miguel Encabo.
Salió en segundo lugar y sus primeras reacciones en el ruedo aclaraban que iba a vender muy cara su vida. Que iba a combatir hasta el último aliento. Exigiendo y siempre muy humillado en el capote, tuvo Encabo que sacarlo hacia los medios. No dejó que le torease a la verónica.
Una vez parado el toro, sacó el Usía el pañuelo y ordenó que saliesen los picadores. El afortunado fue el luso Rafael da Silva. Buen lidiador y sabiendo del espectáculo que protagonizan estos toros en el peto, lo lució el matador poniéndolo de largo. El animal era un torrente de bravura y en el caballo lo demostró. Tres emocionantes puyazos pusieron a Las Ventas en pie. Y como guinda, puso el matador al toro en suerte para un cuarto puyazo pero ordenó al picador dar la vuelta a la vara para que no fuese picado por cuarta vez. El toro lo habría aguantado con creces. Casi desde los medios y a la voz del portugués, fue Mulillero como una exhalación. Ovación clamorosa a Rafael cuando el presidente cambió de nuevo el tercio. Maravilloso.
Finalizado el primer tercio, se adornó el torero en unas chicuelinas finales antes de coger las banderillas. Consumado rehiletero, desplegó Luis Miguel sus facultades en tres diferentes suertes del arte de banderillear: de dentro a afuera, de poder a poder y por los adentros. Brilló con solvencia en los tres pares.
Se volvió a cambiar el tercio y en la muleta el toro iba a más, embistiendo con prontitud, galope y humillación. No había que perder el tiempo. Había que apostar y ponerse de verdad. O lo cuajas o te hunde. Para consagrarse. El de Adolfo era un tejón. Fiero y encastado. En el último tercio se vio una de las principales cualidades de este encaste respecto a otros: lo rápido que aprenden. Encabo desbordado. No podía con él. Se fue a por la espada y tras perfilarse la dejó trasera y baja. Mala estocada. Rodó el toro y en el arrastre las mulas se lo llevaron con todos los honores. Pitos al torero.
Que Dios me libre de un toro bravo, que del manso me libro yo. Es éste un dicho que desde antiguo se comenta cuando hay un toro de semejante magnitud y el torero hace lo que puede. ¿Estuvo mal Encabo? No, quizá el planteamiento de la faena no fue el idóneo pero queda claro que el burel estuvo por encima de su matador. Ahora que están tan de moda los indultos, en cuanto un toro embiste con nobleza y suavidad a una muleta la gente pide su perdón. ¿De verdad son conscientes de lo que conlleva un indulto? No podemos premiar la dulzura y la docilidad. Un toro no puede ser fácil y que sirva como dicen los periodistas en prensa y televisión. No señores, parafraseando al Marqués de Albaserrada un toro no sirve, no es un camarero. Un toro planta batalla y hay que saber LIDIARLO. Si recordamos toros fieros y exigentes, muy pocos son los toreros que libraron ese duelo con triunfo. Basta con visitar el patio de mayorales de La Venta de El Batán y comparar las reses premiadas con el resultado artístico de sus matadores.
¿Era de indulto Mulillero? A mi juicio, sí. Y eso dijo el ganadero en más de una ocasión. No le dieron ni la vuelta al ruedo.
En una tarde de mayo en la que los madrileños recordábamos la lucha de aquellos héroes contra las tropas napoleónicas en 1808, en la calle de Alcalá otra batalla hizo que un toro de lidia pasase a la historia. La emoción y el peligro encarnados en un animal bravo.
Larga vida a Mulillero.
Se han cumplido tres décadas y hay que recordarlo. En la sección "Sucedió en Madrid", escribiré en esta ocasión sobre César Rincón.
Nació nuestra protagonista en Bogotá, en el año 1965. Aprendió el oficio en las tientas de las diferentes ganaderías colombianas y vino poco después con su apoderado a la madre Patria a vivir a un hostal de la madrileña Gran Vía. Pasaba los días entrenando con los toreros de la capital en la Casa de Campo. Tras dar los primeros pasos como todo novillero, se doctoró en su ciudad natal en el año 82. Fue un cartel de lujo, pues toreó con Antoñete y José María Manzanares. Dos años más tarde se presentó en la Villa y Corte. En la plaza de Las Ventas toreó con "Manili" y con Pepe Luis Vargas. Las reses pertenecían a la ganadería de Leopoldo y Aurora Lamamié de Clairac. Su trayectoria fue discreta, hasta que llegó aquella tarde de noviembre de 1990 en la ciudad colombiana de Palmira. Sufrió una fuerte cornada en la que a punto estuvo de perder la vida. El pitón le arrancó la femoral. La operación se complicó y la hemorragia no cesaba, así que el equipo médico realizó varias transfusiones. Se recuperó y toreó en Madrid en abril del año siguiente. El cartel fue: toros de Celestino Cuadri para Enrique Ponce, Raúl Zorita y el bogotano. Joaquín Vidal le elogió en El País por el valor y la pureza de su tauromaquia. De esta forma, en la antesala de San Isidro, el colombiano llegaba a la gran cita concienciado para ello.
Esta fue su primera tarde en aquel San Isidro: Toros de Don Baltasar Ibán y alternó con Curro Vázquez y ‘Armillita Chico’. 21 de mayo de 1991. Vistió de verde manzana y oro. Le cortó las dos orejas a Santanerito, sexto de la tarde.
"César Rincón había iniciado su ascensión a los cielos cuando se echó la muleta a la izquierda y el toro, un serio, fiero, encastado toro, pretendió arrebatársela pegando una arrancada temible. En aquel momento crucial se estaba dilucidando una cuestión de soberanía: o mandaba el torero, o mandaba el toro. Y el torero, en un instante de inspiración que quizá vaya a cambiar el rumbo de su vida, decidió tirar del toro hasta el centro del redondel, citarle allí de nuevo, y llevarle sometido en una tanda de naturales, que pusieron la plaza boca abajo y el toreo en la cumbre. Entonces se le entregó el toro y el triunfo ya fue suyo para siempre jamás". Joaquín Vidal.
Cuando arrastraron a su primer toro, el espada se lamentó: “Ha sido una faena de oreja, pero he pinchado y el trofeo se ha ido con el toro al desolladero”. Saludó una ovación. "Rincón sube a los cielos", tituló Vidal en El País. Crujió Madrid toreando al natural.
Tras aquel triunfo, esa misma noche recibió en el hotel una llamada de la empresa. El matador Fernando Lozano cayó herido días antes por un toro de Atanasio Fernández y necesitaba un sustituto. Rincón contestó que sí. Asi que veinticuatro horas después volvió a hacer el paseíllo en Las Ventas.
Veintidós de mayo: toros de la ganadería portuguesa de Murteira Grave para Ruiz Miguel, Juan Antonio Ruiz "Espartaco" y César Rincón. Vistió de rosa y oro. Le cortó las dos orejas a Alentejo, sexto de la tarde. Su trasteo a Alentejo fue un compendio de pureza, valor y torería. Rinconistas a tope, ese fue el titular de la crónica al día siguiente de Joaquín Vidal.
"...concertaba con el maravilloso sexto toro la recreación de las más hermosas suertes de la tauromaquia, y eran allí los cambios de mano en distintas versiones, los ayudados por alto o por bajo, las trincherillas juguetonas o los trincherazos profundos, desplegando toda la grandeza del toreo verdadero, para pasmo del público transeúnte y conmoción de los aficionados de toda la vida, alguno de los cuales, se desmayó". J. V.
De nuevo puerta grande. La gloria. Cruzar ese umbral mudéjar a hombros y tras cortar dos orejas dos tardes consecutivas es algo que sueñan miles de toreros. La afición sólo pensaba en César. Un colombiano que llegó a la madre Patria y reventó el toreo en apenas cuarenta y ocho horas. Pero quedaba lo mejor.
Extraordinaria corrida de Beneficencia. Cinco de junio. Toros de Samuel Flores para Ortega Cano y César Rincón. Volvió a vestir de rosa y oro. Cortó tres orejas. Un mano a mano inolvidable. Hubo varios piques en quites y ante el cuarto de la tarde, rugió Madrid viendo al colombiano torear al natural. Cerró la tarde plantando batalla ante un toro gazapón que le hizo cavilar. Le cortó la oreja. Aquí podéis leer lo que escribí sobre aquella maravillosa tarde.
"Dos toreros cabales salieron a la palestra, desplegaron cuantos recursos técnicos y artísticos conoce la tauromaquia clásica y enviaron la otra a freír espárragos. No fue fácil, naturalmente, porque desplegar los recursos técnicos y artísticos de la tauromaquia clásica es difícil y comporta muy serios riesgos". Joaquín Vidal. "Memorable". Así tituló su artículoen El País.
Tercera tarde y tercera puerta grande. Historia. La afición se enamora de un americano que ha llegado para ser el número uno. Rincón torea y convence. Demuestra que puede y además que tiene cuajo de figura. Llovían los contratos. El teléfono echaba humo. Acabó San Isidro y en verano dio varias vueltas a España y Francia. En septiembre, la empresa de Madrid, Toresma anunció los carteles de su feria de Otoño. Nuestro protagonista actuó la última tarde.
Uno de octubre: Toros de la ganadería salmantina de Sepúlveda para José María Manzanares, César Rincón y la confirmación del pucelano David Luguillano.
"Rincón sorprende con el toreo de siempre, que consiste en cruzarse, bajar la mano, templar las embestidas, dejar el engaño en la cara, para ligar el pase siguiente con un soberbio juego de muñeca. Ese es el toreo, señores, el de toda la vida, adulterado por comodidad de nuestros toreros, aferrados al unipase al colocarse al filo del pitón de acá en la rutina de un quehacer monótono y estandarizado. César Rincón no ha inventado nada, pero cuenta con dos virtudes fundamentales: la de haber resucitado el toreo eterno y la hombría de dar la cara en Madrid sin miedo a devolver los éxitos anteriores" . Vicente Zabala en ABC.
Pues eso, ni adornos ni fuegos artificiales. Cortó una oreja a Cardíaco y otra a Ramillete, de João Moura y volvió a salir por la puerta grande. Torear, eso fue lo que hizo César aquellas cuatro tardes en la catedral del toreo. Se la jugó sin trampa ni cartón y a base de realizar el toreo más clásico y auténtico, a la par que bello, se consolidó como figurón del toreo. Cuarta tarde y cuarta salida a hombros. Leyenda. Y así le recibieron en su tierra natal.
Al año siguiente recayó de aquel cornadón en Palmira y le detectaron una hepatitis C debido a aquellas transfusiones. En contra de la opinión médica y pasando un calvario, César continuó toreando porque su deseo era consolidar lo conseguido en 1991 y no perder fuelle en el escalafón. Durante esa década se mantuvo en lo alto defendiendo su estatus de máxima figura. Ortega Cano, Joselito, Ponce, "Litri", "Espartaco", Curro Vázquez, Ojeda, Manzanares, José Tomás, "Jesulín"... Se batió con todos. Toreó todos los encastes.
En junio de 1994, se las vio con Bastonito, de Baltasar Ibán. De nuevo, César volvió a enfrentarse a esta ganadería cuyos toros pastan entre El Escorial y el Valle de Los Caídos. Como podemos comprobar, la carrera de César ha estado ligada a este hierro madrileño. Actuó con Juan Mora y Emilio Muñoz. Su vestido fue blanco y oro. César estuvo épico, combativo, valiente, dispuesto, gallardo y el toro fue encastado, exigente, bravo, fiero. Quizá otro torero habría tomado las de Villadiego y hubiera pegado un sainete pero César plantó batalla como los numantinos ante los romanos. Hasta el último aliento. Oreja ganada a sangre y fuego. El toro fue premiado con la vuelta al ruedo. Aquel 7 de junio se convirtió en un capítulo de oro en la historia de la plaza de Madrid.
"El toro de casta necesitaba, naturalmente, un torero en plaza, y lo hubo en la corrida ferial. Fue César Rincón, que le presentó pelea con el ardor y la entrega propios de un novillero principiante". Esta fue la crónica de Joaquín Vidal al día siguiente.
El 30 mayo de 1995 y vestido de verde oliva y oro, volvió a salir a hombros en pleno San Isidro tras desorejar a Emplazado, un toro de Astolfi. Toreó con Emilio Muñoz y Manolo Sánchez. Aquí podéis leer la crónica de Joaquín Vidal. Quinta puerta grande.
"Con el público ya volcado y mascándose el triunfo, César Rincón se recreció; desafió al encastado toro de Astolfi; prolongó la faena; no llegaba el aviso, que ya correspondía; se llevó el toro al tercio mediante ayudados por bajo muy toreros. Y, al cobrar una excelente estocada, el mundo se iba a venir abajo: ovaciones estruendosas, miles de pañuelos convirtiendo en una nube blanca el graderío, las dos orejas, la puerta grande abierta de par en par..." J.V.
A finales de los noventa, tras arrastrar todos esos años aquella enfermedad, no pudo más. Se retiró en 1999 y tras varias temporadas en blanco para recuperarse, anunció su vuelta en 2002. En 2005 cruzó vestido de celeste y oro por última vez la puerta grande de Madrid. Diez años después, Rincón, de nuevo, fue proclamado César por sexta vez. Aquel 17 de mayo de 2005 cortó una oreja a cada uno de sus toros, que en esa ocasión pertenecían a la ganadería de Alcurrucén.
"Con verónicas apasionadas recibió al cuarto, un toro más parado que se encontró con un torero pleno de madurez que lo enseñó a embestir. Valentísimo en todo momento consiguió encelarlo en la muleta y dibujar redondos de auténtica calidad; especialmente una tanda templadísima, profunda y ligada en la que los derechazos conmocionaron a la plaza. A menos, otra vez, por el lado izquierdo, citó a matar recibiendo y pinchó, pero la oreja fue justamente a sus manos porque había protagonizado una tarde de toreo solemne. Salió por la puerta grande con todo merecimiento, reverdeciendo los laureles de sus mejores tardes en esta plaza". Antonio Lorca en El País.
Toreó junto a "El Cid" para confirmar la alternativa al salmantino Eduardo Gallo. "Cid" estuvo histórico. Su toreo al natural fue colosal. No lo olvidan aquellos que lo presenciaron. De no haber fallado Manuel con la espada, habría compartido con el colombiano la gloria de la puerta grande.
Su carrera daba los últimos coletazos. Su despedida de Sevilla, el 24 de abril de 2007, también fue inolvidable. Le cortó las dos orejas a Ventisco, un toro de Torrestrella. Unas semanas más tarde se despidió de "su Madrid". Ante aquella afición que tanto le había dado. El 9 de junio toreó con Morante de la Puebla y César Jiménez. Los toros lucieron hierro y cintas de la ganadería de El Pilar. Vistió de pizarra y oro. Una tarde sin historia. Yo estuve. Recuerdo que fue un día soso y anodino.
Cerró su trayectoria toreando esas Navidades en las principales plazas americanas y en febrero de 2008, en el inmenso embudo de Insurgentes, en la capital azteca, trenzó su último paseíllo.
Se fue un torerazo. Un maestro que en los años 90 puso la autenticidad y el clasicismo al servicio de la emoción. Una de sus mayores bazas fue el de la distancia. Cuando poco a poco se ha ido imponiendo la moda de las cercanías y agobiar al toro, Rincón citaba de lejos, cargaba la suerte y toreaba con verdad. Eso fue lo que enamoró a los aficionados, lo que hizo vibrar al público tarde tras tarde. Y no sólo el de Madrid sino también a los franceses, mejicanos, peruanos... Siempre quedará en la memoria aquel 1991: cuatro tardes y cuatro salidas a hombros consecutivas. Y en la cátedra. Inigualable. Imbatible. Han pasado treinta años. Se fue Rincón. Se fue un César del toreo.
Aprovecho una vez más para escribir sobre grandes tardes en la plaza de Las Ventas. Si anteriormente Morante, Esplá, Urdiales y Castella fueron protagonistas de esta sección, hoy os quiero hablar de otra efeméride protagonizada por Juan Mora hace justo una década y que junto a las anteriores, es parte de la historia de este coso. No pude verlo, pero resúmenes y crónicas me llevaron a juntar estos renglones. Aquí os hablo del trasteo a su primer toro.
Juan Mora volvió a Madrid una tarde otoñal tras varios años sin pisar el ruedo venteño para torear un encierro de Torrealta acompañado de dos toreros de corte artista: Curro Díaz y Jesús Martínez "Morenito de Aranda". Vestido de verde y oro salió a recibir a Retaco, un toro que se corría en primer lugar y que a pesar del nombre y nunca mejor dicho pesó 615 kilos. Desde el primer lance permitió al de Plasencia gustarse con el capote y pegarle unas verónicas de manos bajas. Cogió la muleta y tras brindar al crítico taurino "Barquerito", empezó su faena por bajo a un toro que por salir suelto de las telas, exigía mando y dominio. Poco a poco lo fue sometiendo a base de poder y temple. Tras dos breves tandas con la mano derecha entre los terrenos del 9 y 10, comenzó una maravillosa sinfonía al natural. Unos lances llenos de poso, empaque y repletos de torería: un total de diez naturales con los que enloqueció a Las Ventas. Juan no usa espadas simuladas para torear como suelen hacer la gran mayoría de los matadores y como ya desde el principio llevaba el estoque de matar como los antiguos toreros, tras enhebrar un pase de pecho rematando la serie de naturales sin apenas colocarse para la suerte suprema, consiguió hundir el acero en la cruz del animal hasta los gavilanes. Un manto de pañuelos cubrió los tendidos de Madrid y las dos orejas de Retaco acabaron en sus manos. Cortó otra oreja a su segundo toro, así que en volandas se lo llevaron por la Puerta Grande por tercera vez en su carrera tras las dos logradas en 1994.
Brevedad e intensidad, no hizo falta más para poner de acuerdo a veinticuatro mil almas. De nuevo, lo clásico y eterno se reivindica demostrando que muchas veces es mejor la calidad que la cantidad, pero claro, hay que tener ese don: rendir una plaza entera con una decena de muletazos. Curro y Jesús estuvieron sembrados y también bordaron el toreo con la mano izquierda. Cada uno cortó un trofeo, que de no ser por el mal uso de la espada, habrían cortado alguna más. De lo contrario estaríamos hablando de tres toreros que salieron a hombros el mismo día en la plaza madrileña, algo que hace muchos años que eso no ocurre. Tarde inolvidable para que los que presenciaron.
Podría explayarme, pero... ¿para qué? Lo mejor es ver el vídeo y disfrutar con una auténtica lección de tauromaquia: la que firmó el maestro Juan Mora aquel 2 de octubre de 2010.
Sebastián Castella celebra este año dos décadas como matador de toros. Conoció en sus comienzos la dureza del toreo en los que pulió su personalidad y concepto. Siendo un niño vivió solo en Méjico y posteriormente en Sevilla donde conoció a José Antonio Campuzano, hombre clave en esos años de forja del diestro de Béziers. En sus primeras temporadas dio toques de atención en diferentes plazas. Fue en Madrid donde empezó a sentirse respetado y esperado. Cornadas y faenas importantes jalonan su trayectoria en la plaza de la capital, de la que consiguió salir a hombros por primera vez en el año 2007 cuando por fin descerrajó ese umbral mudéjar que da a la calle de Alcalá tras haber estoqueado un encierro de Valdefresno.
Así que como para hablar de Castella hay que hablar sin duda de Madrid, eso es lo que haré en este artículo. Recordaré una de esas tardes de gloria del francés en la Monumental de Las Ventas. Por ese arco de ladrillo hasta la fecha ha salido cinco veces más a hombros de los madrileños. La que hoy nos ocupa fue justo hace un lustro, en el ciclo isidril de 2015 lo consiguió gracias a la embestida y bravura de un toro de Alcurrucén. Fue aquella una de sus tardes más redondas en la que el francés ratificó su condición de gran figura del toreo.
Madrid es una plaza que impone, su exigencia y público hacen que sea un trago trenzar el paseíllo en este coso para todo el que se viste de luces. En cambio, hay toreros que les sucede lo contrario. Están felices de torear y medirse ante la exigente afición venteña. Por ejemplo, el extremeño Alejandro Talavante o el matador que hoy nos ocupa: Sebastián Castella. Incluso lo han dicho públicamente, soportan esa presión de tener que dar lo mejor de sí mismos. Llegó San Isidro y casi a finales de la feria toreó nuestro protagonista con dos máximas figuras: Morante de la Puebla y Julián López "El Juli". La ganadería era la ya mencionada de Alcurrucén. La plaza estaba a rebosar y en el ambiente se barruntaba una gran tarde de toros. De aquel encierro toledano el único animal que brilló fue el tercero: Jabatillo. Colorado de capa, nacido en septiembre de 2010 y que dio en la báscula un total de 525 kilos de peso. Un excelente ejemplar con el que Sebastián desplegó su tauromaquia.
Como es habitual en este encaste, el toro hizo varios extraños de salida. No se amilanó Sebastián y poco a poco fue haciendo al toro luciéndose en varias verónicas. Tras el puyazo volvió a dar otra serie de lances replicado esta vez por Morante.
En banderillas se empezaron a ver destellos de esas grandes cualidades que el animal tenía guardadas hasta que el presidente cambió el tercio de nuevo y Castella se dirigió al centro del anillo a brindar la faena.
Ahí comenzó algo grandioso. Inició la obra de esa manera tan explosiva y habitual en su repertorio para calentar los tendidos: citando al toro a treinta metros de distancia para cambiar la trayectoria por la espalda en el último segundo. Jabatillo acudió como una exhalación a los vuelos de la franela y Castella le recetó once muletazos que bastaron para poner a Madrid en pie. Ya tenía al público completamente entregado. Volvió a dar distancia porque el toro así lo requería y tras colocarse citó a Jabatillo con la mano izquierda. Fueron dos series de un trazo muy largo como poderoso. Bajaba la mano arrastrando la muleta por la arena para que humillase el burel. El toro repetía sin cesar a cada cite del galo y buscaba poder alcanzar las telas, algo que no conseguía. Era una máquina de embestir. Tras una breve tanda igual de excelente con la mano derecha, se pasó de nuevo la pañosa para continuar toreando con la mano izquerda. La faena fue perfecta ya que estuvo estructurada y compactada: Un prometedor prólogo, un intenso argumento y un sensacional epílogo. Así fue el soberbio inicio, ambas tandas por ambos pitones, el cierre de ayudados por bajo y la estocada. Dos rotundas orejas y la póstuma vuelta al toro en el arrastre.
Si hace poco escribí como David Mora triunfó con este hierro, Castella ha accedido a ese privilegiado grupo de matadores que se han enfrentado a esta ganadería que sólo es para toreros de verdad. Los que no pierden el tiempo o andan por las ramas pegando muletazos sin ton ni son. Jabatillo entró en la leyenda de Las Ventas. Cuando las cosas salen bien, se comenta que qué suerte tuvo el torero con ese toro y yo opino que es al revés. Ese toro de Alcurrucén tuvo la inmensa fortuna de caer en manos de Sebastián. Encastado y muy bravo, habría descubierto a más de uno. Y este fue el resultado. Un página de oro en la historia de Las Ventas.
Si Castella está donde está es por algo. Nadie le ha regalado nada. A la cima ha llegado a base de sangre, sudor y lágrimas. Madrid es su feudo y donde más le gusta torear. Esta faena fue la prueba de que Sebastián es máxima figura. Hace mucho que no recuerdo una faena tan bien realizada. Dijo Juan Belmonte aquella frase de "se torea como se es". Y es cierto. En Sebastián se aprecia a la perfección. Un hombre tranquilo, parco de palabra y alejado de los grandes focos mediáticos. Sobrio y recio, como su tauromaquia. Valiente y estoico, posee este francés aires manoletistas. Ya lo ha comentado en alguna ocasión. El torero cordobés es alguien a quien admira profundamente. Ojalá sea este año abundante en triunfos que hagan que Castella sea aún más grande.
Solo ante el peligro, como Gary Cooper en aquel mítico "western" enfrentándose a una banda de forajidos por las calles de Hadleyville, hizo Iván Fandiño un paseíllo que ha entrado en los anales del toreo. Con mis amigos accedí a Las Ventas y nos diseminamos por aquellos tendidos de granito en busca de una localidad para presenciar aquella tarde que marcaría una época. De hecho la marcó, porque recuerdo perfectamente que unas semanas antes se anunció el festejo en un acto que se realizó en la carpa instalada en el ruedo y se llenó pues además de la prensa, asistimos numerosos aficionados. Durante esas semanas hasta el 29, en el mobiliario urbano incluso en las salidas de las seis autovías se anunció un festejo que sería histórico.
Por fin llegó el día. Amaneció el día lluvioso, pero a pesar de ello y nada más salir del Metro para reunirme con mis amigos se palpaba que la expectación era absolutamente brutal. De hecho, si no recuerdo mal, las taquillas agotaron el papel unas jornadas antes. Según muchas personas no se recordaba que un festejo fuera de los abonos importantes como San Isidro y Otoño crease tanto ambiente. Pero la cosa no quedó ahí: uno de los alicientes que hizo que esta corrida diese que hablar antes, durante y después de la misma fue el ganado. Fueron seis alicientes, seis ganaderías que eligió el diestro de Orduña para medirse ante la dura afición madrileña. No fueron seis hierros cualesquiera, fueron ni más ni menos seis ganaderías predilectas de la afición más torista: Palha (sangre de la línea 'Pinto Barreiros', D. Isaías y Tulio Vázquez y Oliveira Irmaos y otra línea por D. Baltasar Ibán Valdés), Partido de Resina (encaste Pablo Romero), Victorino Martín (Albaserrada), Cebada Gago (Núñez), José Escolar y Adolfo Martín (ambas encaste Albaserrada).
Primillo de Cebada Gago. Melocotón de capa, herrado con el nº 7 y 470 kg.
A las seis en punto de la tarde se abrió el portón y el vizcaíno rompió plaza vestido de gris plomo y oro. En cuanto saludó al presidente la ovación fue atronadora. Madrid agradeció el gesto de Iván sacándole a saludar. A partir de ahí fueron sucediéndose los toros y si la cosa no empezó bien, a mitad de la corrida la tarde decayó y no remontó. Fandiño no superó el bache. Yo recuerdo ver un Fandiño derrotado, que a pesar de las ganas que mostraba en el paseíllo y ver que en los primeros toros surgían dificultades a las que había que sobreponerse; quedaba un hilo de esperanza en que la tarde acabase bien, confiando en las capacidad de este torero para enfrentarse y solventar la situación ante esta complicada empresa, el juego de los toros aguó la ilusión del torero y de los aficionados. Recuerdo unas buenas verónicas, un quite por navarras, varias tandas de naturales... y también que aquel día la espada no funcionó. El sainete que dio con el acero fue antológico. Si la situación no estaba para tirar cohetes, un buen uso del estoque habría suavizado el resultado.
Iván se estrelló esa tarde. En los dos últimos toros le vi desdibujado y sin ideas. Esa apuesta pesó mucho, pero cuando no hay materia prima, nada se puede hacer. El juego general de los seis toros fue decepcionante. Acabó el festejo yéndose Iván por donde vino; entre una fuerte división de opiniones y alguna que otra almohadilla que lanzó desde los tendidos aquel que no valoró la enorme gesta de este matador. Gran parte del público despidió duramente a un torero que sin trampa ni cartón hizo realidad los deseos de miles de aficionados: matar seis toros de ganaderías con un importante historial ante la cátedra venteña. Y esas protestas las recriminaron aquellos aficionados que agradecieron el gesto de Iván.
Ese 29 de marzo fue una máxima apuesta que no tenía precedentes. Fue un arriesgado reto en el que Iván Fandiño y su apoderado Néstor García lucharon contra aquel sistema que reina en el mundo de los toros. Y lo hicieron solos. No les importaba. Ir con la verdad por delante era más satisfactorio que tener que ser moneda de cambio entre empresarios y mercaderes del toreo. Habría quien se alegrase del fracaso de este dúo pero el triunfo de esa corrida empezó dos semanas antes. Con el anuncio de la corrida y la plaza abarrotada hasta la bandera vendiéndose todas las entradas en pocas horas. Así recordaré eternamente como en la primavera de 2015 desde una grada de la plaza de Las Ventas donde por primera vez en la historia, hubo un tío que se jugó la vida libremente y en vez de buscar la comodidad de un triunfo con hierros más asequibles, se las vio con esas ganaderías que dejan sin aliento. Quedó ese día en la memoria de miles de aficionados por aquella gesta legendaria.
Gracias Iván.
Como el invierno se hace largo y salvo noticias insulsas o reseñas sobre como va la temporada al otro lado del oceáno, aprovecho para hablar de otra de las grandes tardes que he vivido en la plaza de Las Ventas.
Allá por el 2014 durante la feria de San Isidro, se celebró una corrida en la que actuaron David Mora, Jiménez Fortes y Antonio Nazaré. Los toros pertenecían al hierro toledano de El Ventorrillo. Los aficionados saben perfectamente a qué día me refiero: los tres toreros acabaron en la enfermería. El peor parado fue David. Se fue a la puerta de toriles a recibir a su oponente de rodillas y el toro que no hizo caso del engaño le arrolló y le asestó una puñalada de 30 centímetros en su pierna derecha y otra de 10 en su axila izquierda. Un caño de sangre brotó de la pierna. El terror se apoderó de todos los presentes. Fue llevado a las expertas manos de Don Máximo García Padrós y empezó un duro calvario que duró dos años. Una serie de infortunios hizo que en el segundo toro de la tarde la corrida fuese suspendida. Antonio y Saúl no fueron heridos de consideración y volvieron a los ruedos poco tiempo después.
Pasado ese tiempo y tras una exigente rehabilitación, el diestro toledano volvió a los ruedos. Y por supuesto le anunciaron en la feria más importante. El cartel fue de relumbrón pues le acompañaron Diego Urdiales y Roca Rey. Al romper el paseíllo Madrid sacó a saludar a un torero que estuvo a punto de perder la vida en esa arena. Y salió el segundo de la tarde de nombre Malagueño. Un soberbio toro que hizo soñar a David. La lidia durante los primeros tercios fue un engranaje perfecto porque la eficacia y buen hacer brilló entre sus hombres de plata. En el tercio de quites se picó nuestro protagonista con Roca Rey y los dos apostaron con el capote por la espalda. Por saltilleras Andrés y por gaoneras David. Se la jugaron los dos en ambos lances manteniéndose muy firmes debido a que arreciaba el fuerte viento. Picadores y banderilleros cuidaron e hicieron todo lo posible para que el toro llegara en las mejores condiciones a la faena de muleta.
Y tras agradecer a D. Máximo brindándole la muerte de ese toro, se fue a por Malagueño. Comenzó su faena con un pase cambiado a la altura de la primera raya y el toro le atropelló. Una fuerte voltereta que melló a David. Cambió el planteamiento y se dispuso a hacer unos estatuarios. Madrid estaba entregada. Después ligó varias series por ambos pitones templando las embestidas de aquel gran toro. Lo toreó. Lo cuajó a placer. Se le notaba a gusto y feliz. Rubricó la obra con una estocada y la plaza entera flameó sus pañuelos pidiendo las dos orejas. El presidente las concedió y premió a la res con la vuelta póstuma en el arrastre.
Después de tanto tiempo de dolor y sufrimiento, la gloria le esperaba. Aquel camino de espinas tuvo su recompensa. La grandeza de la Fiesta. Aquel toro fue de Alcurrucén. Siempre Alcurrucén. Una gran ganadería que cuando echa un toro bueno, es extraordinario. Y su matador estuvo a la altura. Los Lozano tenían guardado aquel burel para que David sintiese los olés de Las Ventas.
Salió el toledano a hombros en Madrid por segunda vez en su carrera. Olvidó los fantasmas de aquel infausto día. De Madrid al cielo, o eso dicen. David lo comprobó en sus propias carnes. De la tragedia a la gloria, pasando por Madrid.
Si se cumplen diez años de la apoteósica despedida de Luis Francisco Esplá, se cumplen veinte de otra grandiosa tarde del alicantino en la Villa y Corte. Ocurrió el 10 de octubre de 1999 en la sexta corrida de la Feria de Otoño y con la plaza llena, Luis Francisco compartió cartel con otros dos toreros bragados en la dureza de los hierros más exigentes: Óscar Higares y José Pacheco "El Califa". La ganadería era la de Victorino Martín. Fue éste un exigente encierro con varios toros ovacionados en el arrastre y que exprimieron a la terna. En general la corrida estuvo muy bien presentada y varios toros fueron aplaudidos de salida.
Óscar Higares pechó en segundo y quinto lugar con dos reses de diferente juego. El buen segundo y el incierto quinto. En su primero de nombre Matinal, supo entender lo que pedía el animal y consiguió hacerle faena. Un "victorino" que fue bravo en el peto. El picador fue aplaudido. En la faena de muleta, el toro embestía, repetía y humillaba. Saludó una ovación. En ambos toros de su lote se fue el madrileño a la puerta de toriles a recibir de rodillas a sus oponentes. Este quinto se llamaba Mecenas y puso en jaque a Higares. Medía, miraba, dudaba... probón y gazapón como se dice en el argot. Óscar se lució en varios naturales cogiendo la muleta por el centro del palillo y demostrando gran firmeza ante las tarascadas del toro. La tizona no funcionó y el diestro acabó silenciado.
Por su parte, José Pacheco "El Califa" también marró con la espada la faena a su primero, que fue otro de los buenos toros del festejo. Aún así, el de Játiva no estuvo a la altura de este animal de nombre Pestañoso. En el sexto, iniciando la faena se quedó descubierto y el toro fue certero, le asestó un navajazo al iniciar el trasteo con la muleta que mandó al valenciano a la enfermería.
Esplá es un maestro. Tiene el levantino una tauromaquia rica y variada. Y a la vez clásica. Así lo demostró aquella soleada tarde ante la cátedra venteña. Una tarde en la que brotó su repertorio y de no haber sido por los aceros, podría haber cortado tres o cuatro orejas en vez de las dos que se llevó. De azul añil y oro hizo el paseo. El vestido, como era costumbre en él, iba muy cargado en oro. Y los trastos, con las vueltas azules.
Su lote, o sea el primero y cuarto fueron de distinta condición. Ante el nobletón primero banderilleó con gracia y poderío. Conoce el de Alicante todas las suertes y pareó en todos los terrenos. Con la muleta, basó su trasteo por el pitón derecho. El público estaba con él. Finalizó con unas giraldillas y se atascó con la espada.
El cuarto, de nombre Minervo hizo gala de su nombre. Minerva era la diosa romana de la sabiduría, las habilidades en la guerra y de las artes. En resumen, un compendio de lo que puede ser la tauromaquia. Así fue el cuarto de la tarde que cayó en manos del veterano diestro que aquel año cumplía veintitres años de alternativa. Esplá realizó una lidia añeja, a la antigua usanza. Con el capote se salió con el toro hacia los medios y recibió una ovación. De nuevo calentó los tendidos con tres pares de banderillas en los que rememorando a aquellas antiguas civilizaciones mediterráneas, jugó con el toro en diferentes suertes: por los adentros, de poder a poder, al cuarteo... y siempre con la montera. Detalle torero que salvo Morante y El Fundi, casi nadie realiza en el segundo tercio.
Sacando su sangre Albaserrada el toro vendió muy cara su vida. Por el pitón derechó pajareó reponiendo y buscando coger al matador. Avisó que por ese lado no quería saber nada. Siguió toreando el alicantino con la montera haciendo así más torera su imagen. Retomó su trasteo con la mano izquierda y se puso de frente. Torear dando el pecho al toro es algo que en Las Ventas enamora. Madrid rugía. Y tocó rubricar la faena. Esplá se encomendó a los dioses porque aquella obra era de lío gordo. Minerva no intercedió. La espada se llevó un premio mucho mayor. La plaza llena ovacionó al matador y éste lo agradeció desde los mismos medios. Minervo fue aplaudido en el arrastre.
Como "El Califa" cayó herido, se corrió turno. De nuevo Esplá tenía una nueva oportunidad de redondear su tarde. Portillo fue bravucón en varas, iba con la cara alta y protestaba. Desde los primeros lances se quedó muy corto en los vuelos de los trastos. En su turno de quites, una vez más puso Luis Francisco en pie a la parroquia. Quitó por navarras y lo colocó en el caballo para que fuese picado. Con las banderillas fue ovacionado Ricardo Quintana "Kaíto".
Y aquí comenzó el Maestro su lección. Una vez trasladado al compañero al hule cogió nuestro protagonista espada y muleta y se fue a por Portillo. Empezó probando y pasando al animal, enseñándole a embestir. Una vez visto, se pasó la franela a la mano izquierda y comenzó el recital. La faena mezcló torería y batalla. Siempre de frente como en el toro anterior. Este ramillete de naturales tuvo aires bienvenidistas. Esta res no siempre permitía la ligazón así que Luis intercalaba las series de naturales con el uno a uno. Cuando esto ocurría, cargaba la suerte y con la pierna alante mecía con los vuelos de la pañosa las ásperas arrancadas del animal. Toreaba relajado y a pesar de todo, se le notaba muy confiado. Y con un pase afarolado remató la serie. Las casi veinticinco mil almas que abarrotaban los tendidos jaleaban cada lance. También toreó a esta res con la montera calada. Cerró su labor con unos pases por alto y aunque la estocada no fue total, Madrid entregada, le pidió las dos orejas. Lo más bello de esta faena fue la muerte de Portillo. El toro se la tragaba y Esplá le acompañaba, permanecía a su lado. La torería de la imagen era inmensa. Tras unos instantes, Portillo dobló las manos y le dieron la vuelta al ruedo.
Acabada la faena los costaleros bajaron al ruedo dispuestos a llevarle a hombros camino de la calle de Alcalá. Esplá se negó. Con un compañero en la mesa de operaciones, no quiso salir por la puerta grande. Se fue a pie por la puerta de cuadrillas.
Aquel año, Esplá sufrió las consecuencias de ir de frente y de verdad. Tras unas negociaciones por los derechos de imagen, se quedó sólo ante otros compañeros. No toreó en San Isidro y sólo firmó doce contratos. Un corridón de Cuadri en Valverde del Camino, Ceret... En fin, para nada fue ese año un camino de rosas. Tras unas conversaciones con Pío García Escudero, le dio la posibilidad de torear en Otoño y le ofreció varios hierros. Eligió Victorino porque era en el que más confiaba. Para él, fue una tarde dura en todos los sentidos. Como El Califa había brindado al público y su montera estaba en el medio del anillo, Esplá la devolvió a su mozo de espadas mientras se decía a sí mismo que había que arrear, que un esfuerzo merecía la pena. Y gracias a ese esfuerzo aguantó una década más en los ruedos.
Los que estuvimos en esos tendidos de granito aquella fría tarde otoñal, jamás olvidaremos como Luis Francisco Esplá batalló con el cárdeno Victorino hasta domeñarlo. La última gran faena del siglo XX en Madrid. Una lección digna de estudio por parte de maletillas y chavales que sueñan con la gloria. Lo cuajó de cabo a rabo y dejó para el recuerdo una faena memorable.
Vuelvo a escribir una vez más para compartir un recuerdo vivido en el coso de la calle de Alcalá. Si en esta sección ya he comentado las páginas de oro que añadieron a la historia de la plaza de Las Ventas los diestros Morante de la Puebla y Luis Francisco Esplá hace una década, hoy rememoro otra tarde que con emoción viví in situ en uno de sus asientos de granito: la que firmó Diego Urdiales con Sevillanito, un toro de Adolfo Martín en la Feria de Otoño de 2014.
Hizo el de Arnedo el paseíllo en junio de ese año y vio como Miguel Ángel Perera cortaba dos orejas a un toro también de Adolfo Martín y salía a hombros por la puerta grande. Ese día toreó Diego a un nivel que sólo está al alcance de unos elegidos. Y muy pocos fueron los que se enteraron. Asentadas las zapatillas y encajada la cintura toreó de maravilla, pero el triunfo de Perera eclipsó el buen hacer del riojano.
Avanzaba la temporada y tras acabar el verano se supo que la empresa cerró un cartel en el que Uceda Leal y el catalán Serafín Marín acompañaban a Diego para torear de nuevo un encierro de la mencionada ganadería.
Y salió en segundo lugar Sevillanito, un toro muy bajo, cornipaso y cárdeno de capa como es habitual en la sangre Albaserrada. Debido a las complicaciones que presenta este encaste, apenas pudo Urdiales torear con el capote. Recuerdo que en el caballo de Óscar Bernal hizo Sevillanito una discreta pelea y un buen par de banderillas de "El Víctor" fue aplaudido por el público. Ya en la muleta, inició Diego por bajo su trasteo con el fin de someter y enseñar al toro a embestir. Y poco a poco lo fue logrando. Se fue saliendo con él y pasada la segunda raya comenzó a torearle con la mano derecha. Fueron varias tandas muy de verdad, con la muleta planchada y siempre dando el pecho.
Rematada la tanda de derechazos, cogió la mano zurda y cuando lo vio claro se colocó y comenzó el recital.
Empezó el buen toreo, el de cante grande. Si los naturales que dio en junio fueron sensacionales, éstos fueron aún más rotundos. Mejores que un Rioja gran reserva o un jamón cinco jotas. Torear bien con la mano izquierda es difícil pero él sabe hacerlo. Y además con ese concepto que los aficionados madrileños sabemos valorar. La suerte cargada, el mentón hundido y llevando al animal con los vuelos de la muleta. Sevillanito humillaba y Diego toreaba. Madrid se emocionaba.
Y tras los naturales, quedaba rubricar la faena. Había que hacer un epílogo digno de ella. Pasó al toro para probarlo y entre las rayas de picar cuadró Diego a Sevillanito y se perfiló para realizar la suprema suerte. Diego montó los avíos mientras Las Ventas empujaba con el aliento. Citó al animal echando la muleta al hocico del "Adolfo" y al humillar el burel, hundió el acero en lo alto de su lomo. La estocada fue magnífica, sin alharacas ni ademanes, posiblemente de las mejores que recuerdo. La perfección del volapié. Una lección de cómo matar un toro. La faena no fue muy larga ya que el toro no permitió extenderse, estaba justo de fuerzas pero enclasado y noble propició un puñado de embestidas muy bien aprovechadas por Diego. Y con la oreja de Sevillanito, dio el riojano la triunfal vuelta al ruedo.
Es Diego un torero de mucha clase y gran personalidad del que varios Maestros de diferentes épocas han hablado de su manera de interpretar el toreo. Estas son algunas de esas declaraciones:
En 2008 Madrid descubrió a este riojano delante de un torazo de Carmen Segovia. Manuel Molés desde el puesto de Canal Plus escuchaba a Emilio Muñoz que decía estas palabras:
- me gusta, hay mucha verdad en su toreo, sólo tres o cuatro torean con esa verdad.
Y entre ellos estaba el gran Antoñete, que hablaba poco pero cuando lo hacía no dejaba indiferente a nadie. Y en una de esas sentenció interrumpiendo: este torero es muy puro.
Curro Romero dijo de él en otra ocasión: hay un torero en La Puebla que se llama Morante y que tiene lo que Dios da. Y otro que me gusta muchísimo es Diego Urdiales, que también tiene mucho arte.
Una leyenda del toreo como es el salmantino Santiago Martín "El Viti" también ha visto en el de Arnedo un referente: "Si yo estuviera en activo, bebería en las fuentes de Diego Urdiales".
Y en una entrevista dijo una máxima figura actual como es Alejandro Talavante: actualmente el que mejor torea es Diego Urdiales.
Si hace unos días recordé el pasaje en el que Morante de la Puebla firmó con el capote un capítulo de oro en la historia de Las Ventas durante el ciclo isidril de 2009, esa misma feria dejó para el recuerdo otro día memorable. Los protagonistas fueron un toro de Victoriano del Río y un torero con mayúsculas: Luis Francisco Esplá.
Un año antes toreó la corrida de Samuel Flores y no hubo nada que resaltar. Tras esa corrida se barruntaba la posibilidad de que dicha tarde fuese la última de Luis Francisco en la monumental venteña. La gente no lo aceptaba, no podía ser que un torero de la talla de Esplá se marchase a la francesa sin despedirse de una plaza que le había visto salir a hombros hasta cuatro veces por su puerta grande. Y la empresa cerró en el adiós de su última tarde capitalina, un cartel que lo completaron Morante y Sebastián Castella. En unas declaraciones a la prensa dijo el genial torero alicantino: "No quiero a un Madrid blandito. Si estoy mal, que me den cera bendita".
Los primeros toros fueron sucediéndose sin que nada grande ocurriera. Hasta que salió el cuarto, de nombre Beato. Un torazo de 620 kg, colorado chorreado. Un toro con buen corral y buena plaza. Durante los primeros tercios salía suelto y Esplá que vestido de grana y oro, se adornó en banderillas con su repertorio habitual. Torero ágil y poderoso y que dominaba todas las suertes, está considerado uno de los grandes banderilleros.
El viento molestó toda la tarde. Tras coger muleta y espada, se dirigió al centro de la arena para brindar ese último toro a la afición madrileña. Inició con unos muletazos por alto apoyado en la barrera y a medida que iba toreando con la mano derecha, la faena iba ganando en profundidad. Beato iba pronto y noble a la muleta de Luis Francisco. Con la mano izquierda cuajó una gran serie de naturales. La faena fue breve e intensa. Y siempre abundó la torería y la solera del diestro levantino. Cortó las dos orejas tras matar recibiendo y Beato por su parte fue premiado con la vuelta al ruedo.
La puerta grande fue sencillamente apoteósica. Inolvidable. Toreros y aficionados de siempre bajaron a la arena para acompañarle hasta la calle Alcalá en su quinta y última salida a hombros.
A sus 52 años y tras 89 paseíllos en Madrid, Esplá dijo adiós a esa afición que tanto le había dado. Aún quedaban algunos festejos más. Lidió con lo más duro del campo bravo y dictó cátedra en faenas memorables. En la memoria quedan aquella tarde de junio de 1982, la faena al bravo Poleo de Celestino Cuadri en la Isidrada del 96, el trasteo a Portillo de Victorino en Otoño de 1999... Su conocimiento de las suertes y los terrenos acompañado de unas formas añejas, siempre luciendo vestidos muy cargados en oro y esa imagen sin desmonterarse durante de la faena de muleta, hacían de Luis Francisco un torero único.
Hombre culto con un extensísimo vocabulario. Escucharle en las entrevistas después de cada toro o en conferencias es un lujo. Torero de Madrid.
Hasta siempre, Maestro.
Tras el tercio de varas, se espera que los toreros correspondientes ejerzan su derecho al quite siempre y cuando el toro permita el lucimiento de los mismos. Cada vez es menos frecuente y llevando varios años asistiendo prácticamente a la totalidad de los festejos que tienen lugar en Las Ventas y viendo todos los festejos que puedo por televisión, me doy cuenta que el toreo de capa a pesar de ser muy amplio, los toreros apenas varían el repertorio. Las habituales gaoneras, caleserinas, tafalleras, talaveranas, lopecinas y pare usted de contar se ven día tras día tras el tercio de varas. A veces oigo que si el espada de turno hace un airoso quite, la gente pide que se toree a la verónica porque es el lance más bello a la par que complicado, ya que hay que saber coordinar ambos brazos y jugar con la bamba del capote; y si torea a la verónica se pide que varíe. Cuando el matador de turno coge el capote y sale a los medios, me ilusiono con el deseo que desempolve algún quite en desuso. Siempre me llevo un chasco.
Por eso quiero rememorar como un nublado día de mayo de hace diez años, Las Ventas llenó sus tendidos para ver una corrida de toros. Estaba anunciado Morante de la Puebla, no hace falta decir más. Los toros pertenecían al hierro sevillano de Juan Pedro Domecq.
La tarde era anodina, a medida que avanzaba se intuía que nada interesante acontecería. Iba cayendo el festejo en picado hasta que se abrió el portón de los sustos por cuarta vez y salió Alboroto, sólo el nombre auguraba que algo podía ocurrir.
En el saludo con la capa salió abanto y el presidente cambio el tercio. Morante se fue a los medios y lo tanteó con varios capotazos. Tras verlo claro, se colocó y comenzó el concierto: con la suerte cargada y el mentón hundido recitó cuatro verónicas y dos medias. La plaza empezaba a hervir. Con el caballo ya en suerte se dispuso el sevillano a gallear al toro por chicuelinas, fueron cuatro y de nuevo cerró con la media verónica. Tras el puyazo, volvió el de La Puebla a seguir su recital. Quitó nuevamente con otras tantas verónicas y remató otra vez con la media. Fueron éstas inmensas, colosales, largas, profundas... Toreaban los hombros, las muñecas, las manos, la cintura. Cogiendo el capote muy cortito, jugó con los vuelos de la tela y meciendo los brazos con suavidad embarcaba la embestida del Juanpedro. La mano de dentro acompasaba, la de fuera conducía la trayectoria de la res. La gente quería más, estaba presenciando algo grandioso. Las Ventas no hervía, bullía. Y para cerrar la sinfonía, Morante hizo de una tanda de chicuelinas algo más que una obra de arte: jugaba con el toro recordando a Chicuelo, a Pepín... La cadencia en sus lances era precisa, exacta. Al entrar en jurisdicción el animal, giraba el cuerpo con esa gracia y duende que sólo poseen algunos privilegiados. Ese giro era más que una danza y la torería de José Antonio llenaba la escena. Madrid era un clamor cuando Morante se marchó al burladero.
Tras brindar al abuelo de Paz Vega, inició con la franela unos ayudados por alto y cimentó la faena con la mano derecha. Alboroto empezó a apagarse y José Antonio abrevió. La oreja que cortó fue lo de menos. Hace cincuenta o sesenta años, aún sin cortar orejas, la afición le habría llevado a hombros hasta Manuel Becerra.
Gracias a Dios que el sorteo nos deparó esta unión. Morante se paseó por la eternidad con su capote. Y quiso que los madrileños fuéramos testigos de ellos.
Una página de oro en la historia del toreo.