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jueves, 23 de julio de 2026

Blanquet.

Si hay un personaje misterioso en el planeta de los toros, ese es Enrique Belenguer Soler, "Blanquet" en los carteles. Nació a principios de 1881 en Valencia y no está del todo claro si fue en enero o en mayo. Murió en agosto de 1926 en Sevilla.

Antes que a torear, se dedicó a otros menesteres. Trabajó de ebanista hasta que decidió enfundarse el oro y probar suerte en el difícil mundo del toreo. Se hizo banderillero y poco a poco fue convirtiéndose en un gran subalterno por lo que fue requerido por las principales figuras de finales del XIX y principios del XX: "Ragaterín", "Machaquito", Fernando "El Gallo", Joselito "El Gallo", Manuel Granero o Ignacio Sánchez Mejías. Fue José quien le convirtió en su mano derecha, en su hombre de confianza. Con el capote bregaba los toros con poder y mando. Si el capote no lo manejaba mal, con las banderillas no se quedaba atrás. Pareaba con majeza y elegancia. Por todo ello, Gallito le dio galones: Blanquet se encargaba de los toros más ásperos y difíciles. Su oficio daba seguridad a la máxima figura de la época.

Pero Blanquet tenía un don. Un curioso y sobrenatural don: cuando él olía a cera, se avecinaba la muerte. En un pueblo de Toledo, una tarde primaveral de 1920, estaban las cuadrillas listas esperando la orden del presidente para empezar el paseíllo. De repente, Enrique olió a cera y se asustó. Se lo comentó a otro banderillero y rogaron a Joselito, su jefe de filas, que ese día no torease. A medida que avanzaba el festejo, cuentan que el olor aumentaba. Salió el quinto que se llamaba Bailaor y acabó hiriendo mortalmente a Joselito.

Dos años después, Blanquet estaba con a las órdenes de otro matador y valenciano como él: Manuel Granero. En la plaza Vieja de Madrid, donde ahora un horrendo pabellón preside la plaza de Felipe II, se levantaba la plaza conocida como la de la carretera de Aragón. Otra tarde primaveral y también en mayo para más inri, la cuadrilla se dirigía a la plaza. Tras parar en el estudio de fotografía Kaulak, Cuentan que Enrique le espetó: "Manolo, te has hecho la última fotografía". Y así fue porque Granero murió la tarde de ese 7 de mayo. En la plaza vieja de Madrid, Pocapena, de El Duque de Veragua infligió a un muchacho de veinte años la cornada más brutal de la historia del toreo. Tan espantosa fue, que incluso está reproducida, para colmo de los colmos en cera, en el Museo de Cera de Madrid. Para la historia queda esa foto del gran Baldomero, en la que las cuadrillas corren con el torero en brazos camino de la enfermería mientras Blanquet, en primer término, solo y horrorizado, llora con las manos tapándose la cara. Granero, que estaba llamado a ser el sucesor de Joselito, cayó también en las astas de un toro.

Blanquet, asustado por su don, se retiró para dedicarse a otros asuntos. Un tiempo más tarde volvió a la profesión gracias a otro gran torero que le convenció: Ignacio Sánchez Mejías. Con él estuvo hasta una tarde de verano de 1926. A orillas del Guadalquivir, Blanquet estaba con sus compañeros en Sevilla. Y una vez más, notó un intenso olor a cera. Lo avisó a los compañeros e intentó por todos los medios que Ignacio no saliera al ruedo. Todo esfuerzo fue en vano ante la desesperación de Blanquet y alguna que otra burla de los otros subalternos. Ignacio aún así, anduvo prudente durante la lidia de sus toros y la tarde acabó sin nada que lamentar. De hecho, Ignacio fue el compañero de terna que actuó con Joselito aquella tarde en Talavera seis años antes. Pero hete aquí, que aquel 15 de agosto, cuando la cuadrilla en el tren camino de Madrid vio como Blanquet de repente se quedó pálido en su asiento y se desvaneció. Los médicos certificaron horas después que fue un ataque al corazón. Blanquet llevaba tiempo con problemas respiratorios pero a pesar de los esfuerzos de su gente en hacerle parar y reponerse, él siguió toreando. Esta vez le tocó a él. Pero a diferencia de sus difuntos compañeros, Enrique no cayó en el ruedo. Sus restos mortales fueron trasladados a Valencia gracias a la ayuda de Sánchez Mejías, ya que él puso de su bolsillo sufragando los gastos necesarios para que el cadáver de este prometedor torero levantino fuera enterrado en su tierra natal.





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sábado, 14 de marzo de 2026

Ricardo Chibanga.

Atípico y exótico. ¡Quién diría que en África ha habido matadores de toros! Gracias a las territorios de ultramar que tenían en este continente nuestros vecinos, la tauromaquia llegó a esas tierras de la mano de los portugueses que allí fueron. Y evidentemente hubo afición y plazas de toros. Datado está que fue Ricardo Chibanga el único africano que ha habido en el toreo y hoy os traigo su historia. Nació en Mozambique, viniendo al mundo el 8 de noviembre de 1947 en Lourenço Marqués, la actual Maputo, capital del mencionado país que, por aquella época todavía estaba bajo gobierno portugués. 



Cuentan que era una familia humilde y vivían de lo que generaba la pequeña pastelería que su padre dirigía. Era el cuarto de siete hermanos y con nueve años trabajaba para aportar a la modesta economía familiar. Debido a la cercanía del domicilio familiar con la plaza de toros, la labor del pequeño Ricardo era repartir panfletos publicitarios de los festejos taurinos que allí se celebraban tanto en los aledaños de la plaza como en los puntos de la ciudad donde más afluencia de gente hubiera. A cambio, la empresa dejaba a Ricardo entrar a ver los toros. Más tarde comenzó a estudiar ingeniería agrónoma pero era tal su pasión que acabó dejando los libros para ser torero.


Curiosísimo documento: un cartel en chino de una corrida de toros en Macao.

Consiguió volar a Portugal para inscribirse en la escuela de Golegã donde recibió sus primeras lecciones toreras. Sus primeros pinitos en público fueron en el toreo cómico. No fue una carrera meteórica ni de tardes estelares, ni tampoco en abundantes cifras pero sí fue una trayectoria digna, y sobre todo, en la que pudo torear por todo el planeta taurino. En sus inicios fue apodado "El Africano" y cuentan las crónicas que el 9 de mayo de 1965 vistió de luces por primera en la plaza de Campo Pequeño, en la capital de Portugal. Su etapa como novilleros fue pródiga, pues actuó en torno a la nada desdeñable cantidad de 70 tardes durante 1968 y 1969.


En Madrid se presentó el día de San José de 1970. Toreó utreros de El Pizarral y El jaral de la Mira consiguiendo volver al hotel con una oreja en su esportón. Gracias a un taurino sevillano que se fijó en él, pudo viajar a esta ciudad para vivir y entrenar con los toreros sevillanos de aquellos años entre los que estaba Paco Camino con el que compartió muchas horas de amistad y aprendizaje. Tras esta etapa de rodaje tomó la alternativa ni más ni menos que en la Real Maestranza de Sevilla el 15 de agosto y tuvo como padrino a un torerazo como fue Antonio Bienvenida. Los toros eran dos hierros tan prestigiosos como de Antonio Pérez Angoso y Antonio Pérez de San Fernando, popularmente conocidos como los AP. No fue nada mal la tarde pues cortó una oreja al primero de su lote. Una oreja que cortó a base de entregarse en los tres tercios y culminando la la faena con una estocada que fue la guinda para que la plaza al unísono, le premiara con un trofeo. La crítica fue unánime: hay torero. Gracias a esa oreja pudo torear en las principales ferias de España. 


Ricardo toreó en las principales codeándose con los grandes toreros de la época (pinche aquí para ver un vídeo suyo en Torremolinos en 1971). Gracias a su carisma y su entrega total en el ruedo, consiguió ganarse el cariño del público de todas las plazas en las que actuaba. También pagó con mucha sangre pues sufrió varias cornadas de gravedad; la que más en Barcelona siendo herido en el cuello. Sus éxitos eran pregonados por la prensa y gracias a ello empezó a torear fuera de la península: Francia, Colombia, Méjico... ¡Hasta en Macao! Y por supuesto volvió a su tierra natal convertido en ídolo de masas. Toreó en Maputo en julio del 73. Una tarde que fue todo un acontecimiento nacional. De hecho, su última tarde fue al otro lado del mundo, en la exótica Macao, cuando aún era colonia lusa. Una retirada obligada, pues una enfermedad en el ojo fue la causa que este prometedor torero africano tuviera que poner punto final a su carrera. Una vez retirado se dedicó a organizar festejos. Se agenció varias plazas portátiles en Golegã para dedicarse al negocio taurino en esa ciudad y no sólo allí pues en cualquier lugar de Portugal donde por falta de logística, hiciera falta una plaza para corridas de toros.


Ya fuere por su carisma o su habilidad ante el animal se granjeó amistad con personajes de la talla de Orson Welles, Pablo Picasso y Salvador Dalí ya que ellos se contaban entre sus más fieles partidarios. Dicen que el genial pintor malagueño le regaló un cuadro en la ciudad gala de Fréjus, donde Ricardo le brindó un toro. En agradecimiento, Pablo y su mujer cenaron con Ricardo después de torear. Tal debía ser su amistad que hay quien cuenta que Picasso le apodaba "el morenito matador".

Se ganó el cariño y el respeto del público y de sus compañeros, toreó por toda la geografía taurina, disfrutó de muchos éxitos... Y fue el primer torero negro de la historia. Su fama y éxito llegaron a tal nivel, que en Maputo era tan conocido como su paisano Eusebio, legendario jugador del fútbol portugués o Mariza, cantante de fados. Cuentan que jamás sufrió ningún tipo de acoso o desprecio. Su humildad y su simpatía cautivaban a todos los que le conocieron. Falleció a los 76 años en Golegã (Portugal) el 16 de abril de 2019.


Con Eusebio, uno de los grandes futbolistas que ha dado Portugal.





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