miércoles, 7 de octubre de 2026

Diego Urdiales dibujó el toreo.

Aquella feria de Otoño de hace ocho años ocurrió algo que hace tiempo se llevaba solicitando y que por fin se materializó: por primera vez en una feria iban los carteles a estar compuestos, no por negociaciones entre toreros y empresarios sino por el caprichoso bombo. Como una una competición deportiva: en un bombo se metieron las ganaderías y en otro los toreros, y... ¡que Dios reparta suerte! 

Uno de los toreros anunciados en esa feria fue Diego Urdiales. Fue muy duro ese año para el riojano. Fuera de Madrid y de Sevilla, apenas gozó de oportunidades esa temporada. Fue corta en contratos pero rotunda en éxitos. En agosto crujió la plaza de Bilbao (una de las pocas que contaron con él) por tercera vez en su carrera cortando tres incontestables orejones a los toros de Alcurrucén. Y por fin llegó Madrid. Diego aceptó entrar en el bombo y de azul noche y oro cruzó el ruedo acompañado de Octavio Chacón y David Mora. Mientras tanto, en toriles aguardaban Retama y Hurón con los que Diego concluiría ese breve año 2018.

Aún llegaban a octubre los ecos de Bilbao. Un mes largo después, muchos afortunados que estuvieron en las Corridas Generales avisaban que si el riojano torease en Madrid como lo hiciera en Bilbao, se iba a liar gorda. Una oreja le cortó a Retama. Un toro con el que Diego abrió la tarde demostrando que esos afortunados no andaban nada desencaminados. Sudó con este Retama. Lanceó con medida y con mucha torería. Debido a la brisa que soplaba, se fue Diego desde los medios hasta la zona de las rayas de picar y ahí se batió con él. Los naturales fueron extraordinarios y los muletazos por bajo, un deleite. Los trincherazos rezumaron torería. El toro fue exigente pero nuestro protagonista bregó sus embestidas con entrega y clasicismo. Quedaba el epílogo, la estocada fue perfecta y la oreja, indiscutible. Ya tenía media puerta grande conseguida.  


Salió Hurón en cuarto lugar y en los primeros tercios poco ocurrió. Surgieron chispazos con el capote de mucha calidad. Tras las banderillas, poco a poco fue haciendo la faena en los bajos del seis. Con cada muletazo subía de intensidad de cada "olé", cada uno de ellos era más rotundo, más grave que al anterior. Las grandes faenas se recuerdan por eso. Los "olés" roncos y secos retumbaban en los pasillos y galerías de la plaza. Fue una faena grandiosa. Diego estuvo colosal. Toreó dando el pecho y embarcando al animal con los vuelos de la muleta. Los derechazos fueron inmensos y los naturales, sencillamente, extraordinarios. No se puede torear mejor, con más gusto y con más empaque. Además de una perfecta ligazón. El toro de Fuente Ymbro tuvo casta pero Diego supo ralentizarlo y torear despacio. Cosa harta imposible, pero con temple, todo se puede. Se cuenta que Juan Belmonte dijo una vez: "el toro entra huracán y sale brisa". Un torrente de bravura convertido en un suave soplido. Los naturales, cogiendo la muleta con las yemas de los dedos convirtieron la plaza en la locura más absoluta. La foto de Ana Escribano da fe de ello. Diego concluyó la faena con una estocada digna de ser reproducida por Benlliure. Las dos orejas no tardaron en llegar a sus manos y dos vueltas tuvo que dar. La plaza era un clamor. Diego nos sobrepasó. Asimilar lo que pasó en apenas unos minutos costó un par de días.


Desde mi asiento en el tendido 7 no paré de botar con cada lance: con capote y con muleta Diego conjugó, una fresca noche otoñal del año del Señor de 2018, el hermoso verbo torear. Han pasado ocho años, y Diego, unas de mis máximas debilidades, diecinueve años después de tomar la alternativa, cruzó incontestablemente la puerta grande de Madrid por primera vez en su carrera. Lo recuerdo como si fuera ayer. Al acabar el festejo la gente caminaba alelada, despistada. ¡ha estado excelso! ¡esto es histórico! ¡cómo ha toreado! Tratábamos de procesar dos grandiosos faenones. La puerta grande, como todas las que ocurren cuando ya ha anochecido, fue preciosa. Se le respetó y Diego cruzó con solemnidad a la par que roto de emoción y un semblante inmenso de felicidad, ese maravilloso umbral mudéjar. La disfrutó. Cosa que hace tiempo muchos no pueden decir lo mismo. Una vez la furgoneta subía calle Alcalá camino del hotel, solo quería llegar al bar y brindar con mis amigos. La gente reía, se abrazaba y comentaba anonadada la tarde en la que Diego Urdiales hizo rugir Madrid. Los que tenían que irse, bajaban las escaleras del Metro pegando naturales, y los que nos quedamos a comentar la tarde, como fue mi caso, con cada conocido con el que nos cruzábamos camino al bar, me paraba a debatir. No quería irme a casa, no quería que la noche se acabase. Quería brindar por un riojano que demostró, con los avíos de torear, pinceladas de las diferentes fuentes de las que él bebió. Dijo en una ocasión un Maestro como "El Viti": "si estuviera en activo, bebería en las fuentes de Diego Urdiales". Diego ha bebido de fuentes de agua tan pura como Antoñete, Rafael de Paula, Bienvenida, Camino o Pepe Luis Vázquez por mencionar algunas. Toda esa amalgama de tauromaquias tan distintas y tan maravillosas reunidas en un torero, es imposible que la mezcla salga mal. Y después de veinte años en los ruedos, por fin lo consiguió. Después de varias tardes en las que dejó su inmensa clase, por fin, rindió Madrid a sus pies de una manera que dudo mucho volvamos a ver.



"Chicuelo" y Corchaíto, Manolete y Ratón, Manolo González y Capuchino, Paco Camino y Serranito, Antoñete y Danzarín, Rafael de Paula y Corchero, Curro Vázquez y Bordador, Luis Francisco Esplá y Portillo, José Tomás y Exhortado.. y desde ese octubre de 2018, Diego Urdiales y Hurón, de Fuente Ymbro. Ni es de Triana, ni de San Bernardo, ni de Ronda, ni de Jerez, ni de otras cunas toreras de alta alcurnia. Es de Arnedo, y se llama Diego Urdiales. Las aguas del Cidacos alumbraron a un torero que aprendió el arte de Cúchares bajo las sabias lecciones de Rafael Guerrero. El maestro enseñó al alumno todas esas fuentes que luego han hecho de él un torero excepcional. Fue una sinfonía, un recital, una oda al toreo más bello. Fue un faenón descomunal que se suma a muchos otros que forman parte del recuerdo de la afición. Fue su más absoluta consagración. Diego Urdiales dibujó el toreo.